Quince veces once de marzo

Este nuevo aniversario se ha teñido de escritura con la publicación de tu libro, Rodrigo. Algo muy especial que, por contraste, acentúa la sensación de irrealidad que me asalta cuando se rompe la rutina.

Y me pregunto dónde están los tiempos de tu infancia, hijo, tus divertidas risas adolescentes, tus enormes, vitales, optimistas ilusiones juveniles, tus planes de futuro.

Todo se lo llevó por delante la maldad fanática de unos locos yihadistas. Y no hay nada que te pueda traer de vuelta.

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Cómo me siento cuando se acercan los aniversarios

Es demasiado tiempo sin verle, añorando su compañía: un montón de meses, semanas, días, horas y minutos de ausencia que me esperan de golpe, amontonados, a la vuelta del fin de semana. Porque el lunes vuelve a ser 11 de marzo. Otra vez.

Las fechas tienen ese valor simbólico y paradójico, que hiere y cura, que acerca el pasado remoto y lo transforma en el ahora mismo.

Yo recuerdo como siempre a Rodrigo. Y puede que este año de su libro parezca que de forma especial. Pues claro, no es fácil conseguir ser publicado.

Pero para mí, para mi corazón de madre, es como ha sido hasta ahora: le escribo para integrarlo en nuestra vida sin él, para que participe de lo que hacemos aunque ya no esté.

Y sé que, a su modo, nos acompaña.

Cerca del aniversario

«Casi quince años llevo escribiéndote, Rodrigo, y de pronto algunas de nuestras conversaciones se han publicado. No termino de asimilarlo.

Qué lejos estás, hijo. Son demasiados días sin ti, cariño. Muchas madrugadas solitarias tecleando para tender un puente amoroso entre tu orilla y la nuestra.

Aquí no te olvidamos, no nos dejes tú, por favor. Envíanos pistas que nos permitan seguir tus pasos. Vuela alto, pero vuelve a casa cuando puedas.

Te queremos.»