Editar y promocionar tus libros

En el mundo de la edición siempre ha sido difícil hacerse un hueco. Está plagadísimo de novedades y las editoriales fuertes solo apuestan por lo muy claramente vendible. Yo conseguí esa ventana de oportunidad con el libro de Rodrigo, no creo que suceda nunca más. Respecto a Nina he tenido la suerte de que me editen con una portada muy bonita y excelente maquetación, pero noto mucho la diferencia en cuanto a la distribuidora. Valhalla Ediciones es una editorial tradicional, sí, pero también nueva y pequeña. Y no puede permitirse repartir cientos de libros por todas las librerías de España, como hacen las grandes, como hizo Urano con Dinos dónde estás y vamos a buscarte. Valhalla edita en tiradas pequeñas. A menudo sirve bajo demanda.

Por supuesto se puede encontrar online fácilmente en todas las grandes. Y por encargo en la de la esquina, la de tu barrio. No es eso. Puede que ayuden un poco blogs y booktubers y cierto boca a boca, pero es dificilísimo conseguir ventas de muchos ejemplares, como hacen las editoriales poderosas, que tienen publicidad a mansalva y rimeros de libros hasta en los supermercados.

Y es que esto de publicar no es tan sencillo. Los autores debemos aprender a colocar nuestros textos. A vender nuestro producto. Y es una larga carrera de obstáculos. Primero, hay que hacer llegar el manuscrito a todas las editoriales en las que pueda encajar nuestra propuesta y conseguir que a alguna le interese publicarnos. Luego, si tal milagro se produce, tenemos que vender todos los libros posibles.

Para ello recurrimos a las redes sociales y a nuestros contactos personales. Salir en periódicos y entrevistas es ciencia-ficción cuando no eres nadie importante, así que buscamos a familia, amigos y compañeros de trabajo o de aficiones. Y ahí llega la tercera y más difícil fase: seguir escribiendo y publicando. Un amigo me contó que para el primer libro muchos te ayudan por compromiso social, pero que luego ya no se sienten concernidos. Excepto si te los vas ganando como público lector. ¿Y cómo se hace eso?, le pregunté. Me explicó que lo ideal es conseguir seguidores; es decir, que les gusten tanto nuestras obras que demanden y esperen los libros siguientes. Ahí es ná.

Supongo que hay que echarle ganas y no perder ninguna oportunidad de promoción. En ello sigo, peleando por mis dos títulos, ya pronto con nuevas presentaciones. Por cierto, si alguien que me lee aquí puede proporcionarme alguna, se lo agradecería muchísimo.

Pero esta entrada de hoy tiene otra intención. Porque para saber venderse también hay categorías de índole personal. Os cuento. En mi club de lectura de biblioteca de barrio acabo de ver un ejemplo de absoluta desfachatez colocando títulos. El coordinador ha impuesto su última novela y pedido que se compren veinte ejemplares.

Como me consta que trabaja para más bibliotecas y organismos me atrevería a conjeturar que habrá hecho, o intentado, lo mismo en esos otros ámbitos en los que se mueve. Menudo tipo. Da vergüenza ajena.

Yo, desde luego, siempre voy a luchar por mis libros, pero no llegando a esos extremos. Y me planteo cómo es que a mí me resulta indigno y al hombrecillo no.

Para mi gusto forzar tanto la situación puede terminar siendo contraproducente. Lo del refrán de pan para hoy y hambre para mañana. Pero quizás le importa más la ganancia actual que una remota buena fama de un futuro incierto, a saber en qué andará metido. No conozco a los compañeros del grupo, pero me pareció que algunos estaban tan indignados como yo. El coordinador se aprovechó de que era el primer día y apenas podíamos oponerle resistencia.

Desde luego, por mi parte, lo excluyo para siempre de mis listas de posibles autores y lecturas. Y en la próxima cita, que no me pilla desprevenida, me quejaré. Si es posible, por escrito. Sin embargo me pregunto ¿y si sus números de ventas se nutren de los incautos participantes de mil y una actividades de nuestros humildes centros cívicos?

En fin, por ahora acaba el salseo. Quizá pueda seguir informando. To be continued.

Los sencillos, humildes comienzos

Aprendí a escribir, como a leer, sobre los seis años, y el primer recuerdo que tengo al respecto es que sostenía mal el lápiz.

Nos enseñaban a hacer una pinza con el pulgar y el índice mientras los otros tres dedos se cerraban graciosamente y en escala, pero yo no lo hacía bien, porque involucraba al dedo medio. En realidad ese era el dedo que sujetaba, por más que me obligaran a usar el índice.

Pronto supe disimular y fingir la posición legítima mientras me miraban, aunque volvía a mi mala postura en cuanto dejaba de sentirme vigilada. Solo muchos años después llegué a congraciarme conmigo misma y mis inclinaciones perversas, cuando descubrí que había una explicación genética para el asunto. Parece ser que tengo un gen recesivo que provoca que el dedo medio de las manos mande más que el índice, ya sea en una tarea general, como extender una crema, o en otra de motricidad fina,  como recuperar un alfiler de una superficie resbaladiza.

El hecho de escribir fue para mí desde el principio una actividad controvertida, que podía acarrearme reprimendas. Y quizás por eso se tiñó de un aura de peligro y ocultamiento que la imaginación propia de la infancia enseguida se encargó de alimentar.

Hacia los ocho o nueve años, hice algunas incursiones como autora en los cuentos de hadas y princesas, doblando folios por la mitad y haciendo yo misma las ilustraciones; pero no fueron del gusto del público que me rodeaba. Tampoco lo eran mis cocinitas, vajillas o muñecas, que les parecían una tremenda cursilada de niña a mis hermanos, todos varones. Ahí fue cuando dejé de involucrarlos en mis juegos.  Y justo entonces, como curiosa compensación cósmica, en el colegio nuevo, donde me sentía una intrusa, se extendió la moda de los diarios íntimos y recibí uno por mi décimo cumpleaños.

Se trataba de un cuaderno de hojas blancas, bellamente forrado en piel, que se cerraba con una llavecita dorada. Hice piña con mis compañeras luciendo nuestras respectivas llaves colgadas al cuello durante el resto del curso. Era difícil rellenar páginas, pero resultaba tan emocionante tener secretos, que nos esforzábamos en escribir cada nimiedad que se nos ocurría. Además había competencia en quién sería la primera en acabarlo.

Nunca se supo. Con las vacaciones de verano nos quitamos la llave para bañarnos en la piscina o en la playa, y a la vuelta de septiembre ya nadie parecía interesado en seguir escribiendo. Excepto yo.

Tengo un armario lleno de cuadernos emborronados, de contar la vida, que diría Isabel Allende, y que en algún momento debería revisar, por si hubiera algo aprovechable. En plena adolescencia me sirvieron para ordenar las ideas y para quejarme de las terribles injusticias que  me infligían padres, hermanos y profesores; desde los veinte, además, me propuse que fueran un modo de pulir mi estilo.

Después se fueron añadiendo nuevos motivos, como atrapar la vida que se escapa demasiado rápido, diseccionarla para ver si lleva anejo el manual de instrucciones o meditarla por si pudiera encontrar la mejor manera de recorrer sus caminos. Pero resulta que no funcionó. Que sigo haciéndome las mismas preguntas de siempre, incluso más,  a pesar de mi experiencia vital; y que me he equivocado en demasiadas ocasiones como para haber encontrado un sistema infalible de supervivencia. Lo que ahora siento novedoso, acostumbrada a escribir para mí misma, es que ya no me importaría comentar muchos de estos asuntos con los demás.

Durante años solo tuve tiempo para unos pocos apuntes privados y nunca encontraba nada interesante que narrar. La mera ficción me resultaba falsa, necesitada de una solera, una cura lenta, como el vino, que yo no tenía. Y sin embargo intuyo que ahora sí. Otra cosa es que lo que yo pueda escribir sea interesante para alguien.

La Historia de la Literatura  está llena de autores que nos han contado lo que ya todos sabíamos, porque el género humano tiene la mala manía de repetirse (escribiendo y viviendo) una y otra vez. Pero supieron dar con ese resorte que hizo sus textos universales en el sentir humano y, a la vez, hermosos en la manera de ser expuestos.

Amo la Literatura, manejo medianamente la técnica y tengo un poso vital que quiero compartir con otros; eso es lo que me empuja ahora a escribir. Gracias por estar ahí y compartirlo conmigo 🙂