Empezar el curso

Aunque ya no ejerzo, sigo sintiéndome profesora de mis queridas asignaturas. Y por eso subo uno o dos vídeos semanales a mi canal desde que lo abrí, a mediados de mayo. Tengo ya 31. Por supuesto, de Sintaxis. No solo porque yo creo que es la materia que más dudas crea en los alumnos, sino porque ellos así lo corroboraron durante años. Y porque haciendo análisis sintáctico era cuando me proponían que subiera mi método a la red.

Es obvio que para más adelante me planteo nuevas temáticas. Ahora que no puedo pulsar sus opiniones en directo, me tendré que guiar por lo que me demanden alumnos desconocidos. Alguna experiencia he tenido ya que me ha dado pistas al respecto. Sin embargo, para ser todo lo concienzuda y exhaustiva que debo, no me dedicaré a ellas hasta que cumpla con lo que tengo previsto para que mi canal sea un curso completo de Sintaxis, desde lo más sencillo a lo más complicado. Desde 1º de ESO hasta 2º de Bachillerato.

Y de la misma manera que no puedo dejar de ser profe y pensar como docente, sufro muchísimo por el comienzo del curso. Por los compañeros, alumnos, padres y todo el personal que nos acompaña.

Los dogmas ultraliberales de la comunidad de Madrid, con la reducción sistemática de lo público incluso en plena pandemia, han hecho estallar la situación y multiplicado exponencialmente los contagios durante todo el verano. Tanto, que es una locura empezar tan malamente. Pero no les importan las bajas colaterales. Incluso llegan a reconocer sin ambages que todos los niños se van a terminar contagiando. Me sorprende que nada les pase factura, que sigan teniendo tantos adeptos autómatas y acríticos que están de acuerdo con lo que hacen o, (lo que causa vergüenza ajena), haya quien les apoye contra su propio beneficio.

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Mediados de agosto

Son las siete, mi hora tempranera de andar por estos pagos virtuales, y compruebo que aún está oscuro porque los días van perdiendo terreno frente a la noche. Abro la ventana y me sorprende el silencio. Ni pájaros, ni tráfico. Pura mañanita de domingo.

Por dejarme en evidencia, unos aviones se han puesto a chisporrotear a lo lejos. Y más allá aún parece que les contesta una paloma. Luego ha regresado la calma. Recuerdo nuestras primeras noches en esta casa y cómo nos extrañaba esa ausencia de ruidos. Es un lugar tranquilo todavía, veintinueve años después. Y más aún a mediados de agosto.

Fugit irreparabile tempus, en septiembre haré el primer año de jubilada. Once meses llevo sin más obligaciones que las que me impongo yo, y debo decir que me han cundido. Ni siquiera la falta de estímulos por el aislamiento social de la pandemia ha podido desbaratar mi sueño y la promesa que me hice a mí misma de escribir.

Quizá sea esta tendencia mía a la escritura un desahogo existencial, una manera de perpetuar mi consciencia más allá del tiempo y de la muerte. Salvando las distancias, porque no le llego a la altura del zapato, como Unamuno quiso eternizarse en Niebla. Reflexiono sobre ello, porque cada vez lo creo más posible. Desde luego, mi canal de YouTube va por ese camino, aunque no sé si es para dejar un pequeño legado docente o para continuar mi pasión de profe con los medios de los que dispongo.

Ahora mismo estoy en fase técnica, organizando la estructura y la escaleta de mi tercera novela. Tiene trama policíaca, así que el trabajo previo debe ser especialmente riguroso. Pero no me acobardo, soy una autora entusiasta y disfruto también de estas primeras etapas.

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