Un año ya de la despedida

Hace justo un año que me despedí de mi profesión y de mis compañeros del curso 2018-19. La fecha legal era después del verano y para entonces muchos ya no iban a estar en el centro, así que adelanté la celebración para darles cabida a todos. Hoy recuerdo ese último viernes de docencia:

MI DISCURSO DE DESPEDIDA Y TESTAMENTO DOCENTE

Bueno, esto se acaba.

Siento que me acerco a otro momento inexorable. Y que indefectiblemente todo llega.

He elegido empezar antes esta nueva etapa para disfrutar de ella, pero es inevitable pensar en su significado abstracto. Y preocuparse es un signo de responsabilidad y de consciencia. Por eso siento a la vez alegría y vértigo.

Nueva vida, nueva perspectiva vital, novedosas variables a partir de unos pocos días.

Me voy con un gran bagaje: 38 cursos. Tres en privada y 35 en pública.

No voy a decir los tópicos de que el tiempo pasa deprisa y parece que fue ayer, porque no es así. Han sido años largos, a menudo duros, vividos momento a momento.

Pero sí que he trabajado con gusto, porque elegí la enseñanza a conciencia y la he disfrutado todo lo que he podido.

No solo me ha servido para ganarme la vida.

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La literatura ¿es un arma cargada de futuro?

Parafraseo a Gabriel Celaya y me hago la vieja pregunta. ¿Evasión o compromiso? No me refiero a toda la literatura y todos los géneros, tampoco apelo a todos los escritores para que asuman un reto, lo que escribo es una reflexión personal sobre qué fondo quiero para lo que escribo yo.

Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse

LA POESÍA ES UN ARMA CARGADA DE FUTURO
(De «Cantos iberos», 1955)

Eso dice el poeta en su conocidísimo texto. Y yo no hago lírica, y no soy tan visceral como él, pero también creo que hay siempre una intención en lo que se escribe. Por más que uno crea o quiera lo contrario, hay un fondo ideológico en cada obra. Y no es tan fácil ser un lujo cultural neutro. Por más que se intente. Aunque muchos, vive Dios, bien que lo intentan. O dicen intentarlo. Muchas veces porque en esa supuesta neutralidad se puede vender a todo el espectro ideológico. Y perdonen ustedes que me ponga mordaz.

En los cuentos infantiles, en los juveniles, el bien vence al mal. Hay un buen rollismo estandarizado que no responde a la verdadera y cruda realidad, pero que consuela mucho. Y no estoy defendiendo que se les cargue con la crudeza de la vida, solo constato un hecho. Por supuesto que todos los cuentos tradicionales van por ese camino: por muy difíciles que se les presenten las cosas a Caperucita, o a los tres cerditos, o a la familia de los cabritillos, sus aventuras acaban bien. No lo critico. Mejor que los chicos y chicas se diviertan y aprendan valores. Pues claro que sí. Y no ironizo. En algún momento les llegarán las verdades, ojalá que sea bien tarde.

Pero en esos textos para no-adultos, edulcorados tantas veces, también hay ideas implícitas. Muchas paternalistas, o sexistas, o clasistas que alguien sin espíritu crítico se traga sin pestañear (como hicimos tantos en nuestras infancias) y que conforman la forma de entender la vida. (También pueden rastrearse en novelas para adultos. Y en películas y en series, todo hay que decirlo). Es que al final nada es inocuo.

En los libros juveniles más recientes muchos autores buscan temas transversales (anda que no he leído yo recomendaciones de ese tipo para las lecturas de los alumnos) sobre todo lo contrario: respeto, aceptación del diferente, paz, medio ambiente, salud, derechos humanos… Ideas, entonces; compromiso, entonces. Aceptémoslo. ¿Es por creencia ideológica o porque así se cubre un nicho de mercado, el de los centros educativos? No lo sé, tampoco quiero ponerme demasiado estupenda.

Hasta en los relatos más aparentemente anodinos hay un concepto vital subyacente. Esas novelas de aventuras, románticas, de fantasía, negras, que leemos sin más pretensiones que desconectar del trabajo, del estrés diario. Solo por puro divertimento. Esas también transparentan escalas de valores de los que no siempre somos conscientes y que no siempre son de esos supuestos valores positivos.

En mi vida corriente, de forma oral, me gusta contar historias divertidas, anecdotillas simpáticas, sin más intención que hacer reír. Y tengo algunos cuentos que van por ese camino. Pero en las novelas resulta que no, que pretendo un fondo crítico. Quizá sea que tengo ya unos años y necesito transmitir algo más que una mera trama. Tal vez es que soy una vieja cebolleta con ínfulas de filosofa social.

El abuelo Cebolleta, que con su enorme barba blanca y su interminable verborrea («en cierta ocasión, iba yo al frente de mis cipayos, cuando, bla, bla, bla….»), se convertiría en uno de los más recordados de los personajes de Bruguera. Obsesionado con contar batallitas, ha pasado al imaginario colectivo y a la lengua común a través de la frase hecha: «Cuentas más batallitas que el abuelo Cebolleta»

https://es.wikipedia.org/wiki/La_familia_Cebolleta

Empiezo mi tercera novela sin haber corregido la segunda. Necesito contar. Tengo una prisa que no sé si responde a mi tendencia al estrés o a la intuición de que más adelante quizás no pueda. En todo caso, escribo. Me propongo hacer las revisiones de la segunda cuando pase un tiempo, el del reposo que hay que darles a los textos para verlos con otra mirada. Mientras tanto me dedicaré a la creación nueva.

Constato que las tres novelas inciden en temas de forma recurrente: la búsqueda de redención, el afán de superviviencia, las relaciones familiares y la realización existencial. ¿Un arma cargada de futuro? Nah, poca cosa, nunca un arma. Pero sí unas ideas conscientes y críticas detrás de la trama. ¿Y por qué no?

Sigo en modo «profe on»

En mi aula, el curso pasado

Se acaba mayo y se van diluyendo las angustias de estar confinados en casa. Aunque he perdido los ritmos de salir y lo hago poco, solo a dar los paseos permitidos. Lo de la compra una o dos veces por semana ya era mi costumbre antes de. Es curiosa la cantidad de veces que usamos esa expresión en estos últimos meses. Y me temo que la vamos a seguir necesitando.

Llevo unas semanas centrada en el canal de YouTube, aun sabiendo que a estas alturas de curso ya poco puedo aportar de urgencia. Sin embargo, seguiré la tarea ahora que puedo, de forma que haya una estructura ordenada de vídeos con suficientes instrucciones para el análisis sintáctico. De momento, todavía estoy con los previos que sé que hay que repasar para construir buenas bases. Puede que muchos se los salten, pero que estén ahí para consulta.

Al final, el confinamento me ha cundido. Sobre todo porque mi refugio ha sido hacer muchas cosas. Los primeros días, debo confesarlo, no alcanzaba los niveles de concentración y de eficacia del antes de. Tuve momentos de imposibilidad y de parálisis de lo más frustrantes. Apenas me alcanzaba la vida para las domesticidades varias. Me tranquilizó saber que también les sucedía a otros. Es bueno compartir estas cosas. Supongo que era el miedo a lo desconocido. Y una situación de alarma continua, que a veces conseguíamos acallar, pero resistía en nuestro subconsciente.

Con el paso de los días, así es nuestra naturaleza, nos fuimos haciendo a la novedad y el miedo se transformó en aburrimiento y pude refugiarme en cosillas creativas para sobrellevarlo. De ahí han salido una novela corta (poco más de 31.000 palabras) que traía empezada de antes y por fin acabé, y mi proyecto de youtuber.

Quiero terminar con un abrazo a los que han sufrido la enfermedad y ya están en buen camino. Y otro aún más grande para los que han perdido a uno de los suyos. Son muchos miles. Cómo no solidarizarme con sus duelos. La alegría de las nuevas libertades no puede significar el olvido. Tenemos que recordarlos. A todos y cada uno.

Cinco semanas confinados

La camelia y sus flores este año

Me tomé unos días de vacaciones caseras, la Semana santa que no hemos podido disfrutar en el exterior. Vuelvo ahora a escribir unas líneas en esta bitácora, aunque no he perdido el hábito narrativo, porque sigo avanzando en otros frentes.

Cuento treinta y seis días de confinamiento. Cinco semanas. Parece un siglo. He desarrollado estrategias para hacer rutinas, ejercicio físico e intelectual. Mantengo el ánimo. Tengo a mi disposición todo tipo de actividades online. Esta cuarentena podría ser de lo más productiva, me digo. Pero lo cierto es que sigue sin cundirme. Desde luego, no como acostumbraba.

Lo tengo asumido. Va a ser así.

Continúo apuntando mis días, intentando vivirlos con consciencia, aunque todos se parecen y confunden. Y la extrañeza no solo la produce este encierro. Viene de más atrás, de hace unos pocos meses, cuando me jubilé. Había esperando mucho el momento, lo disfruté a tope. Y, sin embargo, qué raro y ajeno me parece todo ahora. Han pasado demasiadas cosas este último año, de esas que desconciertan:

La publicación del libro de Rodrigo, las presentaciones, la Feria del Libro de Madrid, la última Selectividad (EvAU), el fin de curso, mis últimas clases y la despedida de la vida docente, las vacaciones en León y en Asturias, la participación en la Semana Negra, la enfermedad inesperada y terrible de Javier, mis clases de Costura, Photoshop y Narrativa, el viaje a Portugal, el suspendido a Venecia por la muerte de Javier, la dura Navidad posterior con su ausencia, el viaje a Sevilla, las tres presentaciones en Asturias, la emotiva visita a Belfast y luego, de pronto, el aniversario del 11M más raro e impensable, por una pandemia mundial que trae de la mano este largo confinamiento.

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