Otoño, lluvia y escritura

Otoño en los árboles del jardín

Aunque me pase poco por aquí, escribo mucho. Y ahora, además, no solo narrativa (llevo unas 40.000 palabras de mi nueva novela), porque me he embarcado en sendos cursos de escritura teatral y lírica. Vamos, que me he atrevido a intentarlo en los tres géneros.

Compruebo que, como imaginaba y pretendía, necesitan técnicas distintas. Es cierto que no las tengo todas controladas, pero no hay prisa: disfruto con el camino del aprendizaje. Además, noto cómo se activan puntos distintos de mi corteza cerebral y me divierte mucho la nueva experiencia escribidora, así que objetivo conseguido. En algunos casos, los cursos presenciales también me ayudan a re-establecer relaciones humanas, asunto no baladí despues de tantos meses de aislamiento pandémico, con lo que ¿qué más puedo pedir?

Me siento dichosa y bendecida por disponer de tiempo, lucidez y energía para actividades que durante mi vida laboral no pude permitirme. Me decía que las estaba postponiendo para más adelante, una arriesgada apuesta vital que, afortunadamente, incluso a pesar de mis dolencias visuales, está resultando bien.

Se me cansan los ojos en el móvil, también en la tablet. Por eso he tenido que subir a la buhardilla, para redactar estas líneas en el ordenador. Lueve, llueve, llueve. Oigo las gotas golpear en el tejado, mientras también suenan las teclas de mi PC. Es agradable. No lo es tanto la bajada de temperaturas. Me abrigo con una sudadera. La verdad es que teníamos demasiado buen tiempo, pero ya llega el frío, como debe ser a finales de octubre. Desde ayer llueve sin parar. Y un viento inclemente arranca las hermosas hojas que habían pintado el jardín con los tres colores otoñales.

Escribo y miro el jardín. Apunto este regalo de la vida con agradecimiento. Y sigo glosándola en estas entradas de blog.

Los sencillos, humildes comienzos

Aprendí a escribir, como a leer, sobre los seis años, y el primer recuerdo que tengo al respecto es que sostenía mal el lápiz.

Nos enseñaban a hacer una pinza con el pulgar y el índice mientras los otros tres dedos se cerraban graciosamente y en escala, pero yo no lo hacía bien, porque involucraba al dedo medio. En realidad ese era el dedo que sujetaba, por más que me obligaran a usar el índice.

Pronto supe disimular y fingir la posición legítima mientras me miraban, aunque volvía a mi mala postura en cuanto dejaba de sentirme vigilada. Solo muchos años después llegué a congraciarme conmigo misma y mis inclinaciones perversas, cuando descubrí que había una explicación genética para el asunto. Parece ser que tengo un gen recesivo que provoca que el dedo medio de las manos mande más que el índice, ya sea en una tarea general, como extender una crema, o en otra de motricidad fina,  como recuperar un alfiler de una superficie resbaladiza.

El hecho de escribir fue para mí desde el principio una actividad controvertida, que podía acarrearme reprimendas. Y quizás por eso se tiñó de un aura de peligro y ocultamiento que la imaginación propia de la infancia enseguida se encargó de alimentar.

Hacia los ocho o nueve años, hice algunas incursiones como autora en los cuentos de hadas y princesas, doblando folios por la mitad y haciendo yo misma las ilustraciones; pero no fueron del gusto del público que me rodeaba. Tampoco lo eran mis cocinitas, vajillas o muñecas, que les parecían una tremenda cursilada de niña a mis cuatro hermanos varones. Ahí fue cuando dejé de involucrarlos en mis juegos.  Y justo entonces, como curiosa compensación cósmica, en el colegio nuevo, donde me sentía una intrusa, se extendió la moda de los diarios íntimos y recibí uno por mi décimo cumpleaños.

Se trataba de un cuaderno de hojas blancas, bellamente forrado en piel, que se cerraba con una llavecita dorada. Hice piña con mis compañeras luciendo nuestras respectivas llaves colgadas al cuello durante el resto del curso. Era difícil rellenar páginas, pero resultaba tan emocionante tener secretos, que nos esforzábamos en escribir cada nimiedad que se nos ocurría. Además había competencia en quién sería la primera en acabarlo.

Nunca se supo. Con las vacaciones de verano nos quitamos la llave para bañarnos en la piscina o en la playa, y a la vuelta de septiembre ya nadie parecía interesado en seguir escribiendo. Excepto yo.

Tengo un armario lleno de cuadernos emborronados, de contar la vida, que diría Isabel Allende, y que en algún momento debería revisar, por si hubiera algo aprovechable. En plena adolescencia me sirvieron para ordenar las ideas y para quejarme de las terribles injusticias que  me infligían padres, hermanos y profesores; desde los veinte, además, me propuse que fueran un modo de pulir mi estilo.

Después se fueron añadiendo nuevos motivos, como atrapar la vida que se escapa demasiado rápido, diseccionarla para ver si lleva anejo el manual de instrucciones o meditarla por si pudiera encontrar la mejor manera de recorrer sus caminos. Pero resulta que no funcionó. Que sigo haciéndome las mismas preguntas de siempre, incluso más,  a pesar de mi experiencia vital; y que me he equivocado en demasiadas ocasiones como para haber encontrado un sistema infalible de supervivencia. Lo que ahora siento novedoso, acostumbrada a escribir para mí misma, es que ya no me importaría comentar muchos de estos asuntos con los demás.

Durante años solo tuve tiempo para unos pocos apuntes privados y nunca encontraba nada interesante que narrar. La mera ficción me resultaba falsa, necesitada de una solera, una cura lenta, como el vino, que yo no tenía. Y sin embargo intuyo que ahora sí. Otra cosa es que lo que yo pueda escribir sea interesante para alguien.

La Historia de la Literatura  está llena de autores que nos han contado lo que ya todos sabíamos, porque el género humano tiene la mala manía de repetirse (escribiendo y viviendo) una y otra vez. Pero supieron dar con ese resorte que hizo sus textos universales en el sentir humano y, a la vez, hermosos en la manera de ser expuestos.

Amo la Literatura, manejo medianamente la técnica y tengo un poso vital que quiero compartir con otros; eso es lo que me empuja ahora a escribir. Gracias por estar ahí y compartirlo conmigo 🙂

Veinte años del 11-S, diecisiete sin Rodrigo

Pasó hace ya veinte años. Sin saberlo, fuimos testigos en directo del principio del mal. Acabábamos de reunirnos en casa para comer, veíamos la tele. Los cuatro. Juntos.

Treinta meses después sucedió aquí. Te asesinaron con cruel premeditación, con fanáticas, absurdas, malvadas ansias de causar el mayor daño posible.

Te arrancaron de nuestra familia y nos dejaron solos, para siempre sin ti.

Hoy recordamos.

Sentimos la misma ausencia y el mismo dolor que otros muchos en USA, en Gran Bretaña, en Francia… en tantos lugares donde la locura yihadista atacó.

Te escribo desde casa, Rodrigo. Con tu nombre en los labios y tu recuerdo en el corazón. No te olvidamos. No nos olvides, hijo. Haz que nos volvamos a encontrar.

Retazos de verano

En la ventana de la cocina, la belleza efímera de la flor del cactus. Solo duró 24 horas.

Los comienzos

Hoy se acaba el curso. Es el segundo que ya no ejerzo. Me sigue resultando raro.

Sé, porque les he visto ayer mismo, que mis compañeros tienen el claustro final. Bueno, los compañeros que van quedando, pues algunos ya no empezarán el 2021-22, por jubilación o por traslado.

Y reflexiono. Dentro de poco ya no conoceré a nadie del centro. Incluso el personal no docente se irá en breves años.

Y si pienso en mis últimos alumnos, constato que les quedan también poquitos cursos. El próximo harán 4° de ESO y 2° de Bachillerato. Salvo algún repetidor, escaso margen habrá ya de chicos que me pudieran conocer

Pero no me quiero dejar llevar por la melancolía. Esta nueva etapa vital la estoy viviendo con la máxima consciencia. Y la estoy disfrutando, a pesar de la COVID-19 y los confinamientos. Es verdad que sigo tendiendo al estrés, lo sé, y a exigirme en demasía. No me resulta fácil ser más autoindulgente. Pero lo intento. Y a veces, incluso, lo consigo.

En todo caso, me encuentro mucho menos cansada que en veranos anteriores. Me he enrolado en un par de actividades veraniegas y estoy animosa y feliz.

Respecto a NINA, se sigue vendiendo bastante. El verano será un parón, pero para el otoño intentaré presentarla en sociedad. Ojalá todo vaya bien.

El descanso

Las cosas siguen adelante sin estridencias. Y nosotros continuamos con ellas, en casa, huyendo del calor y de las multitudes.

Dieta cuidada, algún paseo, y todo el tiempo dedicado a conseguir desconexión emocional y física.

Confieso que escribo poco y que leo apenas más que los periódicos. Solo busco relax mirando el jardín. Y compartir con JC comidas sencillas, pelis y series.

Vivimos inmersos en un suave y cómodo estoicismo vital.

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