Centenario de José Hierro y Certamen en el IES

El viernes 22, en la proximidad del Día del Libro y celebrando el centenario de José Hierro, estuve en mi insti, entregando los premios del XXXIII Certamen de Poesía. Fue un honor que me invitasen para eso. Y que agradezco mucho. Es más que probable que sea la última, pues cambiará este año el equipo directivo. De ahora en adelante, aunque todavía hay alumnos que me saludan y profes con los que trabajé, ya pocos me conocerán. Es ley de vida.

11 de marzo de 2022

Hoy vuelve a ser 11 de marzo, Rodrigo, cariño. Hace tanto que no estás… Parece como si tu existencia, el tiempo compartido, hubiese sido un sueño.

Quiero esconderme en lo cotidiano, en esas cosas sencillas  que conforman la vida y que tanto se echan en falta cuando hace un quiebro inesperado. Pero no me da tregua y este 2022, a tu ausencia injusta y  las seis oleadas de Covid-19, se ha sumado el ataque ruso a Ucrania. Y estamos en guerra. ¡En guerra! Nunca pensé que diría, escribiría, viviría esto.

A veces me llegan hilachas de memorias tuyas. Suaves, desdibujadas. Y ya no me duelen con el filo acerbo de antes, sino con melancólica tristeza. Escuecen, porque no estás, pero también abrigan el corazón con la ternura con la que nos queríamos, y aún nos queremos los cuatro.

Aquí seguimos, Rodrigo. Solos, pocos y cansados, pero resistiendo. Recordándote. Lo que nunca cambia es nuestro amor por ti.

Te queremos. Miles de abrazos de oso: Papá, Mamá y Gonzalo.

ACTUALIZACIÓN 12 DE MARZO: El día después siempre es raro. Este, también. Durante toda la semana previa conseguí no pensar en qué día estaba exactamente, de forma que el 11 me encontró de improviso apenas unas pocas horas antes.

Pero el truco no sirvió. Pasé de la irrealidad al miedo otra vez. Te escribo en la madrugada. Estoy despierta demasiado pronto, con un ataque de angustia, casi pánico. Soñando abrazos.

Vela por nosotros, hijo. Te queremos. Ayúdanos. Vamos a buscarte.

Otoño, lluvia y escritura

Otoño en los árboles del jardín

Aunque me pase poco por aquí, escribo mucho. Y ahora, además, no solo narrativa (llevo unas 40.000 palabras de mi nueva novela), porque me he embarcado en sendos cursos de escritura teatral y lírica. Vamos, que me he atrevido a intentarlo en los tres géneros.

Compruebo que, como imaginaba y pretendía, necesitan técnicas distintas. Es cierto que no las tengo todas controladas, pero no hay prisa: disfruto con el camino del aprendizaje. Además, noto cómo se activan puntos distintos de mi corteza cerebral y me divierte mucho la nueva experiencia escribidora, así que objetivo conseguido. En algunos casos, los cursos presenciales también me ayudan a re-establecer relaciones humanas, asunto no baladí despues de tantos meses de aislamiento pandémico, con lo que ¿qué más puedo pedir?

Me siento dichosa y bendecida por disponer de tiempo, lucidez y energía para actividades que durante mi vida laboral no pude permitirme. Me decía que las estaba postponiendo para más adelante, una arriesgada apuesta vital que, afortunadamente, incluso a pesar de mis dolencias visuales, está resultando bien.

Se me cansan los ojos en el móvil, también en la tablet. Por eso he tenido que subir a la buhardilla, para redactar estas líneas en el ordenador. Lueve, llueve, llueve. Oigo las gotas golpear en el tejado, mientras también suenan las teclas de mi PC. Es agradable. No lo es tanto la bajada de temperaturas. Me abrigo con una sudadera. La verdad es que teníamos demasiado buen tiempo, pero ya llega el frío, como debe ser a finales de octubre. Desde ayer llueve sin parar. Y un viento inclemente arranca las hermosas hojas que habían pintado el jardín con los tres colores otoñales.

Escribo y miro el jardín. Apunto este regalo de la vida con agradecimiento. Y sigo glosándola en estas entradas de blog.

Los sencillos, humildes comienzos

Aprendí a escribir, como a leer, sobre los seis años, y el primer recuerdo que tengo al respecto es que sostenía mal el lápiz.

Nos enseñaban a hacer una pinza con el pulgar y el índice mientras los otros tres dedos se cerraban graciosamente y en escala, pero yo no lo hacía bien, porque involucraba al dedo medio. En realidad ese era el dedo que sujetaba, por más que me obligaran a usar el índice.

Pronto supe disimular y fingir la posición legítima mientras me miraban, aunque volvía a mi mala postura en cuanto dejaba de sentirme vigilada. Solo muchos años después llegué a congraciarme conmigo misma y mis inclinaciones perversas, cuando descubrí que había una explicación genética para el asunto. Parece ser que tengo un gen recesivo que provoca que el dedo medio de las manos mande más que el índice, ya sea en una tarea general, como extender una crema, o en otra de motricidad fina,  como recuperar un alfiler de una superficie resbaladiza.

El hecho de escribir fue para mí desde el principio una actividad controvertida, que podía acarrearme reprimendas. Y quizás por eso se tiñó de un aura de peligro y ocultamiento que la imaginación propia de la infancia enseguida se encargó de alimentar.

Hacia los ocho o nueve años, hice algunas incursiones como autora en los cuentos de hadas y princesas, doblando folios por la mitad y haciendo yo misma las ilustraciones; pero no fueron del gusto del público que me rodeaba. Tampoco lo eran mis cocinitas, vajillas o muñecas, que les parecían una tremenda cursilada de niña a mis cuatro hermanos varones. Ahí fue cuando dejé de involucrarlos en mis juegos.  Y justo entonces, como curiosa compensación cósmica, en el colegio nuevo, donde me sentía una intrusa, se extendió la moda de los diarios íntimos y recibí uno por mi décimo cumpleaños.

Se trataba de un cuaderno de hojas blancas, bellamente forrado en piel, que se cerraba con una llavecita dorada. Hice piña con mis compañeras luciendo nuestras respectivas llaves colgadas al cuello durante el resto del curso. Era difícil rellenar páginas, pero resultaba tan emocionante tener secretos, que nos esforzábamos en escribir cada nimiedad que se nos ocurría. Además había competencia en quién sería la primera en acabarlo.

Nunca se supo. Con las vacaciones de verano nos quitamos la llave para bañarnos en la piscina o en la playa, y a la vuelta de septiembre ya nadie parecía interesado en seguir escribiendo. Excepto yo.

Tengo un armario lleno de cuadernos emborronados, de contar la vida, que diría Isabel Allende, y que en algún momento debería revisar, por si hubiera algo aprovechable. En plena adolescencia me sirvieron para ordenar las ideas y para quejarme de las terribles injusticias que  me infligían padres, hermanos y profesores; desde los veinte, además, me propuse que fueran un modo de pulir mi estilo.

Después se fueron añadiendo nuevos motivos, como atrapar la vida que se escapa demasiado rápido, diseccionarla para ver si lleva anejo el manual de instrucciones o meditarla por si pudiera encontrar la mejor manera de recorrer sus caminos. Pero resulta que no funcionó. Que sigo haciéndome las mismas preguntas de siempre, incluso más,  a pesar de mi experiencia vital; y que me he equivocado en demasiadas ocasiones como para haber encontrado un sistema infalible de supervivencia. Lo que ahora siento novedoso, acostumbrada a escribir para mí misma, es que ya no me importaría comentar muchos de estos asuntos con los demás.

Durante años solo tuve tiempo para unos pocos apuntes privados y nunca encontraba nada interesante que narrar. La mera ficción me resultaba falsa, necesitada de una solera, una cura lenta, como el vino, que yo no tenía. Y sin embargo intuyo que ahora sí. Otra cosa es que lo que yo pueda escribir sea interesante para alguien.

La Historia de la Literatura  está llena de autores que nos han contado lo que ya todos sabíamos, porque el género humano tiene la mala manía de repetirse (escribiendo y viviendo) una y otra vez. Pero supieron dar con ese resorte que hizo sus textos universales en el sentir humano y, a la vez, hermosos en la manera de ser expuestos.

Amo la Literatura, manejo medianamente la técnica y tengo un poso vital que quiero compartir con otros; eso es lo que me empuja ahora a escribir. Gracias por estar ahí y compartirlo conmigo 🙂