Mediados de agosto

Son las siete, mi hora tempranera de andar por estos pagos virtuales, y compruebo que aún está oscuro porque los días van perdiendo terreno frente a la noche. Abro la ventana y me sorprende el silencio. Ni pájaros, ni tráfico. Pura mañanita de domingo.

Por dejarme en evidencia, unos aviones se han puesto a chisporrotear a lo lejos. Y más allá aún parece que les contesta una paloma. Luego ha regresado la calma. Recuerdo nuestras primeras noches en esta casa y cómo nos extrañaba esa ausencia de ruidos. Es un lugar tranquilo todavía, veintinueve años después. Y más aún a mediados de agosto.

Fugit irreparabile tempus, en septiembre haré el primer año de jubilada. Once meses llevo sin más obligaciones que las que me impongo yo, y debo decir que me han cundido. Ni siquiera la falta de estímulos por el aislamiento social de la pandemia ha podido desbaratar mi sueño y la promesa que me hice a mí misma de escribir.

Quizá sea esta tendencia mía a la escritura un desahogo existencial, una manera de perpetuar mi consciencia más allá del tiempo y de la muerte. Salvando las distancias, porque no le llego a la altura del zapato, como Unamuno quiso eternizarse en Niebla. Reflexiono sobre ello, porque cada vez lo creo más posible. Desde luego, mi canal de YouTube va por ese camino, aunque no sé si es para dejar un pequeño legado docente o para continuar mi pasión de profe con los medios de los que dispongo.

Ahora mismo estoy en fase técnica, organizando la estructura y la escaleta de mi tercera novela. Tiene trama policíaca, así que el trabajo previo debe ser especialmente riguroso. Pero no me acobardo, soy una autora entusiasta y disfruto también de estas primeras etapas.

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La música de mi duelo

A finales de junio fui entrevistada por Radio Gaga, que hacía un programa sobre el 11 de marzo para su canal, en calidad de madre doliente. No fue una experiencia del todo agradable, porque el tema y los recuerdos son dolorosos y además pasamos mucho calor. Me citaron a las cuatro de la tarde, en la calle, con 38ºC, y estuve esperando dos horas bajo la sombra escasa de algunos árboles. Cuando por fin me llamaron para la entrevista (estábamos en la entrada de la estación de cercanías de El Pozo) la lucidez y la serenidad se habían evaporado. Para terminar de rematar la situación, resultaba que yo era la última participante después de tres días en esas condiciones climáticas, por lo que se notaba a técnicos y periodistas totalmente agotados. Fueron amables, eso sí, y lo que hablamos no estuvo mal, pero había tenido muchas conversaciones previas mucho más interesantes que la que finalmente salió.

Todo este preámbulo para explicar que me habían pedido que llevase pensada una canción significativa para mí, tras la muerte de Rodrigo. Y que revisando la música que ha acompañado mi duelo durante los años, me he dado cuenta de que en los cambios musicales se puede rastrear también la evolución de la pena.

Obviamente, he escuchado otras muchas, pero ciertas canciones y sus letras me ayudaban a llorar, a pensarle y a seguir avanzando. Solo cito una o dos estrofas, pero enlazo vídeos de YouTube para quien quiera oírlas.

La primera que tuvo esa capacidad curativa, y por recomendación de un amigo suyo, fue «Hora de marchar» de Mago de Oz.

No llores más por mí,
siempre estoy cerca de ti.
Te esperaré en la luz.
Allí donde no, no existe el dolor.

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La literatura ¿es un arma cargada de futuro?

Parafraseo a Gabriel Celaya y me hago la vieja pregunta. ¿Evasión o compromiso? No me refiero a toda la literatura y todos los géneros, tampoco apelo a todos los escritores para que asuman un reto, lo que escribo es una reflexión personal sobre qué fondo quiero para lo que escribo yo.

Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse

LA POESÍA ES UN ARMA CARGADA DE FUTURO
(De «Cantos iberos», 1955)

Eso dice el poeta en su conocidísimo texto. Y yo no hago lírica, y no soy tan visceral como él, pero también creo que hay siempre una intención en lo que se escribe. Por más que uno crea o quiera lo contrario, hay un fondo ideológico en cada obra. Y no es tan fácil ser un lujo cultural neutro. Por más que se intente. Aunque muchos, vive Dios, bien que lo intentan. O dicen intentarlo. Muchas veces porque en esa supuesta neutralidad se puede vender a todo el espectro ideológico. Y perdonen ustedes que me ponga mordaz.

En los cuentos infantiles, en los juveniles, el bien vence al mal. Hay un buen rollismo estandarizado que no responde a la verdadera y cruda realidad, pero que consuela mucho. Y no estoy defendiendo que se les cargue con la crudeza de la vida, solo constato un hecho. Por supuesto que todos los cuentos tradicionales van por ese camino: por muy difíciles que se les presenten las cosas a Caperucita, o a los tres cerditos, o a la familia de los cabritillos, sus aventuras acaban bien. No lo critico. Mejor que los chicos y chicas se diviertan y aprendan valores. Pues claro que sí. Y no ironizo. En algún momento les llegarán las verdades, ojalá que sea bien tarde.

Pero en esos textos para no-adultos, edulcorados tantas veces, también hay ideas implícitas. Muchas paternalistas, o sexistas, o clasistas que alguien sin espíritu crítico se traga sin pestañear (como hicimos tantos en nuestras infancias) y que conforman la forma de entender la vida. (También pueden rastrearse en novelas para adultos. Y en películas y en series, todo hay que decirlo). Es que al final nada es inocuo.

En los libros juveniles más recientes muchos autores buscan temas transversales (anda que no he leído yo recomendaciones de ese tipo para las lecturas de los alumnos) sobre todo lo contrario: respeto, aceptación del diferente, paz, medio ambiente, salud, derechos humanos… Ideas, entonces; compromiso, entonces. Aceptémoslo. ¿Es por creencia ideológica o porque así se cubre un nicho de mercado, el de los centros educativos? No lo sé, tampoco quiero ponerme demasiado estupenda.

Hasta en los relatos más aparentemente anodinos hay un concepto vital subyacente. Esas novelas de aventuras, románticas, de fantasía, negras, que leemos sin más pretensiones que desconectar del trabajo, del estrés diario. Solo por puro divertimento. Esas también transparentan escalas de valores de los que no siempre somos conscientes y que no siempre son de esos supuestos valores positivos.

En mi vida corriente, de forma oral, me gusta contar historias divertidas, anecdotillas simpáticas, sin más intención que hacer reír. Y tengo algunos cuentos que van por ese camino. Pero en las novelas resulta que no, que pretendo un fondo crítico. Quizá sea que tengo ya unos años y necesito transmitir algo más que una mera trama. Tal vez es que soy una vieja cebolleta con ínfulas de filosofa social.

El abuelo Cebolleta, que con su enorme barba blanca y su interminable verborrea («en cierta ocasión, iba yo al frente de mis cipayos, cuando, bla, bla, bla….»), se convertiría en uno de los más recordados de los personajes de Bruguera. Obsesionado con contar batallitas, ha pasado al imaginario colectivo y a la lengua común a través de la frase hecha: «Cuentas más batallitas que el abuelo Cebolleta»

https://es.wikipedia.org/wiki/La_familia_Cebolleta

Empiezo mi tercera novela sin haber corregido la segunda. Necesito contar. Tengo una prisa que no sé si responde a mi tendencia al estrés o a la intuición de que más adelante quizás no pueda. En todo caso, escribo. Me propongo hacer las revisiones de la segunda cuando pase un tiempo, el del reposo que hay que darles a los textos para verlos con otra mirada. Mientras tanto me dedicaré a la creación nueva.

Constato que las tres novelas inciden en temas de forma recurrente: la búsqueda de redención, el afán de superviviencia, las relaciones familiares y la realización existencial. ¿Un arma cargada de futuro? Nah, poca cosa, nunca un arma. Pero sí unas ideas conscientes y críticas detrás de la trama. ¿Y por qué no?

Día del Libro 2020

El 23 de abril es una fecha estupenda para recordar a Cervantes y El Quijote.

Para ello he elegido un fragmento del capítulo VII de la primera parte. Se trata de un episodio que se considera esencial en la creación del personaje. También en el uso de la verosimilitud como técnica novelesca, un artificio que cientos de autores han valorado e intentado emular después.

Cervantes quiso hacer creíble a su protagonista. Y lo hizo tan bien, que mucha gente piensa que don Quijote realmente existió. De niña, por cierto, yo también lo creía.

Dicen los críticos que Cervantes tuvo un pariente con problemas psiquiátricos. Y que por eso supo describir con veracidad los síntomas, tanto en El licenciado vidriera (una de las Novelas Ejemplares), como en El Quijote. Estudios de psicólogos y médicos de prestigio abundan en la idea de que el pobre Caballero de la Triste Figura era un paranoico (bueno, creo que últimamente a esos síntomas se los denomina trastorno delirante). Y en que por eso se obsesionaba y perdía el sentido de la realidad. Por su enfermedad se creía las fabulaciones caballerescas, pero en cambio razonaba impecablemente en cualquier otra circunstancia.

En el susodicho episodio, don Quijote ha vuelto magullado después de su primera salida y sus amigos y parientes intentan evitar que vuelva a hacerlo quemando sus libros. Mandan incluso tapiar la entrada a su biblioteca. Luego fingen que un mago encantador se la llevó volando por los aires.

Pero resultó peor el remedio que la enfermedad. Porque una vez que el hidalgo comprobó que verdaderamente sus libros y el cuartito ya no estaban, tuvo una razón para creer en la magia. Y con ella intentó de allí en adelante adecuar las circunstancias extrañas con las que se iba encontrando. Todo lo atribuyó a las malas artes de ese mago enemigo suyo. Por eso no le extrañaba que los gigantes se transformasen en molinos, o los ejércitos en ovejas.

Así sucedió que, intentando ayudarle, sus amigos solo le dieron alas para seguir saliendo de casa a buscar aventuras.

Hoy es buen día y buena ocasión para releer nuestra novela más universal, aunque solo sea un fragmento, ¿no os parece?