Los días de después

Ya fueron las actos del 11-M. Si queréis leer el texto del discurso, aquí. Incluidos los cada vez más numerosos actos previos y posteriores, con el agotamiento físico y emocional que llevan de la mano. Sus efectos son tan persistentes,  que todavía estamos en fase de recuperación.

Pero no hay tiempo para flaquear.

Con las justificaciones casi terminadas, han brotado las nuevas convocatorias. Nunca paramos de trabajar por la Asociación.

Pero nos hemos escapado una semana. Y aunque ya estamos de regreso, esta salida de lo cotidiano nos ha servido mucho. No solo para desconectar de tantas responsabilidades y del agobio emocional del aniversario. También, que no es poco, para dormir. Nunca habíamos descansado tantas horas seguidas como en este viaje. Nos ha sorprendido incluso a nosotros. Es la prueba fidedigna de que, de verdad, lo necesitábamos.

Pompeya siempre merece una visita

Y en lo que respecta a mis libros, voy a aprovechar las vacaciones para volver a proponer mi última novela a otras editoriales. A ver si hay suerte.

En la Semana Negra de Gijón 2024

La semana Negra de Gijón es siempre estupenda. Participar en ella, además, un honor y un placer. Ni siquiera la luvia puede deslucirla.

Jordania 2000 versus 2022

Con JC en el desierto (castillo de Al Hallabat)

Acabamos de volver de nuestro viaje a Jordania, en noviembre, un mes que suponíamos tranquilo, pero no. Lo de las multitudes ya no entiende de temporadas.

Tenía yo un recuerdo romántico de Amán, Jerash y Petra, pues cuando acudí en julio de 2000 la cosa no estaba tan masificada como ahora. A ese respecto, lo que más me entristeció fue que el camino por el desfiladero de Petra se ha convertido en un continuo ir y venir de grupos, caballos, carros y hasta cochecillos eléctricos.

Ahora, en 2022, el guía español nos aseguraba que el gentío era aún mayor durante el verano, y mí me resultaba difícil de imaginar, porque en ocasiones (por ejemplo, en la plaza del Tesoro) parecía no caber ni una sola persona más. Lo que habíamos ganado, concluía, viajando hasta allí en otoño, era no haber tenido que soportar las altas temperaturas de julio y agosto. En fin, el que no se consuela es porque no quiere, dice el refrán, y yo no me quejo, que conste.

Porque viajar a Jordania merece la pena. Incluso repetir, como yo. Y es mucho más agradable ponerse a ratos un chubasquero o una chaquetita que sudar los más de cuarenta grados del desierto, así que la primavera o el otoño son las épocas más recomendables. El que pueda.

Mis recuerdos lindos de la Jordania del año 2000 incluían también a un joven y animoso guía turístico que hablaba de su país y de su familia, de las costumbres y usos, con optimismo. Decía haber visto la mejora exponencial de sus condiciones de vida, creía que su patria progresaba y presumía de que sus hermanos y hermanas habían podido estudiar, y casarse a su gusto. No renunciando a su costumbres y creencias, pero con una apertura emocional que no vimos en absoluto en el guía jordano que nos tocó en esta nueva visita.

El hombre era un sesentón amargado, fundamentalista recalcitrante, que nos colocaba suras del Corán sin venir a cuento, y que hacía reflexiones muy retrógradas sobre el supuesto deterioro de su sociedad en cuanto a las costumbres. Por ejemplo, se quejaba de que una de las princesas reales fuera a casarse con un extranjero no musulmán, porque ese mal ejemplo, especialmente para jóvenes como sus hijas, provocaba que pudieran pretender algo tan terrible más adelante. A su parecer, su gente necesitaba una vuelta a las tradiciones, que incluía, por cierto, una sumisión total en las mujeres. Recuerdo que cuando nos lo contaba íbamos en el autobús, de vuelta de alguna de las excursiones, y el grupo al completo, normalmente ruidoso, quedó en un silencio absoluto e indignado que duró mucho tiempo.

Algunas féminas intentaron conversar con él, como si se le pudiera hacer entrar en razón. Su último argumento me pareció de otro siglo: que cada quien debe portarse adecuadamente porque hay cielo e infierno, son los libros sagrados de los musulmanes los que dicen cómo se debe vivir, y punto redondo.

Mi impresión final, en comparativa, es que todo se ha teñido de turismo de masas, con suvenires de baja calidad, precios exagerados y los afanes de rapiña de los que tienen que vivir de ese turismo. Tuve la sensación, a menudo, de que los empleados necesitaban redondear sus escasos salarios. Y que los que mercadeaban por su cuenta se sabían ya las mañas para no devolver cambios o pedir más o menos según la pinta del turista que tuvieran delante.

En lo personal, sin embargo, fue una semana maravillosa, compartiendo con mi marido lugares, emociones, comidas, nuevos amigos y experiencias. Espero que podamos seguir viajando, ahora que la pandemia vuelve a darnos esa oportunidad.