Los días de después

Ya fueron las actos del 11-M. Si queréis leer el texto del discurso, aquí. Incluidos los cada vez más numerosos actos previos y posteriores, con el agotamiento físico y emocional que llevan de la mano. Sus efectos son tan persistentes,  que todavía estamos en fase de recuperación.

Pero no hay tiempo para flaquear.

Con las justificaciones casi terminadas, han brotado las nuevas convocatorias. Nunca paramos de trabajar por la Asociación.

Pero nos hemos escapado una semana. Y aunque ya estamos de regreso, esta salida de lo cotidiano nos ha servido mucho. No solo para desconectar de tantas responsabilidades y del agobio emocional del aniversario. También, que no es poco, para dormir. Nunca habíamos descansado tantas horas seguidas como en este viaje. Nos ha sorprendido incluso a nosotros. Es la prueba fidedigna de que, de verdad, lo necesitábamos.

Pompeya siempre merece una visita

Y en lo que respecta a mis libros, voy a aprovechar las vacaciones para volver a proponer mi última novela a otras editoriales. A ver si hay suerte.

Los seres queridos que heredamos

El mayor de mis hermanos se llama Claudio por tradición familiar. No se dedica a la escritura, es arquitecto, pero me atrevo a asegurar que ha heredado la forma de narrar de nuestro abuelo. Esa que yo también creo tener.

Os comparto el texto que me acaba de hacer llegar:


Ayer fue 11M. todos los años vuelve a ser el 11M.
Me lo preguntó Ana:
—¿Tú qué recuerdas del 11 de marzo?
—Mi sobrino Rodrigo falleció en el atentado.
—¿En serio? — respondió consternada — No lo sabía. Cuánto lo siento.
Ana es una mujer risueña, divertida, cariñosa, encantadora y tremendamente emotiva. Se notaba que, a poco que insistiéramos en el asunto, terminarían por aflorarle lágrimas. Así que, casi de inmediato, me esforcé en desviar la conversación por otros derroteros.
Qué duros son algunos momentos. Todas las familias tienen uno o mas Rodrigos en su historia. Ocupan un nicho de dolor que lo tamiza todo. Normalmente es un daño privado, un sentimiento que une a sus miembros, algo tan intransferible que se queda dentro, en una intimidad que sólo los más cercanos sienten. Dura toda la vida, la de esa generación y, a veces, la de otras posteriores.
En mi familia, el primero fue Claudito.
—¿Quién es ese niño de la foto grande? — solía preguntar alguno de mis hermanos, sabedor perfectamente de la historia.
Mis mayores: mamá, los abuelos, la tía … nos añadían siempre contenido a la memoria de aquel chico de ojos profundos. Era ese nuestro propósito final: ahondar en la historia, refrescar un recuerdo de algo desconocido.
Era nuestro tío y falleció mucho antes de que naciéramos cualquiera de mis hermanos y yo.
—Es Claudito. Se murió cuando era pequeño.
Las anécdotas se acumulan. Nunca una persona pervive tanto en la memoria de los que viven. Era un recuerdo indeleble en todos, padres, tíos y hermanos. Es una forma infalible de que alguien siga vivo cuando ya no está presente.
Es tan precioso, que acabas queriendo a una imagen prácticamente como a la figura de un santo, simplemente por su historia. Lo que te contaron de él, sin filtros ni juicios. Y esa devoción desaparecerá el día que te acabes yendo a formar parte de los antepasados, tanto aquellos que te hicieron un legado, como aquellos que te robaron parte de tu acervo. Desaparecerá contigo en la sombra del pasado y nadie, ninguno de tus descendientes, sabrá que ellos fueron los constructores del cimiento de su propio presente.
En todas las familias hay un buen Rodrigo y se le quiere. Mucho.