Los sencillos, humildes comienzos

Aprendí a escribir, como a leer, sobre los seis años, y el primer recuerdo que tengo al respecto es que sostenía mal el lápiz.

Nos enseñaban a hacer una pinza con el pulgar y el índice mientras los otros tres dedos se cerraban graciosamente y en escala, pero yo no lo hacía bien, porque involucraba al dedo medio. En realidad ese era el dedo que sujetaba, por más que me obligaran a usar el índice.

Pronto supe disimular y fingir la posición legítima mientras me miraban, aunque volvía a mi mala postura en cuanto dejaba de sentirme vigilada. Solo muchos años después llegué a congraciarme conmigo misma y mis inclinaciones perversas, cuando descubrí que había una explicación genética para el asunto. Parece ser que tengo un gen recesivo que provoca que el dedo medio de las manos mande más que el índice, ya sea en una tarea general, como extender una crema, o en otra de motricidad fina,  como recuperar un alfiler de una superficie resbaladiza.

El hecho de escribir fue para mí desde el principio una actividad controvertida, que podía acarrearme reprimendas. Y quizás por eso se tiñó de un aura de peligro y ocultamiento que la imaginación propia de la infancia enseguida se encargó de alimentar.

Hacia los ocho o nueve años, hice algunas incursiones como autora en los cuentos de hadas y princesas, doblando folios por la mitad y haciendo yo misma las ilustraciones; pero no fueron del gusto del público que me rodeaba. Tampoco lo eran mis cocinitas, vajillas o muñecas, que les parecían una tremenda cursilada de niña a mis cuatro hermanos varones. Ahí fue cuando dejé de involucrarlos en mis juegos.  Y justo entonces, como curiosa compensación cósmica, en el colegio nuevo, donde me sentía una intrusa, se extendió la moda de los diarios íntimos y recibí uno por mi décimo cumpleaños.

Se trataba de un cuaderno de hojas blancas, bellamente forrado en piel, que se cerraba con una llavecita dorada. Hice piña con mis compañeras luciendo nuestras respectivas llaves colgadas al cuello durante el resto del curso. Era difícil rellenar páginas, pero resultaba tan emocionante tener secretos, que nos esforzábamos en escribir cada nimiedad que se nos ocurría. Además había competencia en quién sería la primera en acabarlo.

Nunca se supo. Con las vacaciones de verano nos quitamos la llave para bañarnos en la piscina o en la playa, y a la vuelta de septiembre ya nadie parecía interesado en seguir escribiendo. Excepto yo.

Tengo un armario lleno de cuadernos emborronados, de contar la vida, que diría Isabel Allende, y que en algún momento debería revisar, por si hubiera algo aprovechable. En plena adolescencia me sirvieron para ordenar las ideas y para quejarme de las terribles injusticias que  me infligían padres, hermanos y profesores; desde los veinte, además, me propuse que fueran un modo de pulir mi estilo.

Después se fueron añadiendo nuevos motivos, como atrapar la vida que se escapa demasiado rápido, diseccionarla para ver si lleva anejo el manual de instrucciones o meditarla por si pudiera encontrar la mejor manera de recorrer sus caminos. Pero resulta que no funcionó. Que sigo haciéndome las mismas preguntas de siempre, incluso más,  a pesar de mi experiencia vital; y que me he equivocado en demasiadas ocasiones como para haber encontrado un sistema infalible de supervivencia. Lo que ahora siento novedoso, acostumbrada a escribir para mí misma, es que ya no me importaría comentar muchos de estos asuntos con los demás.

Durante años solo tuve tiempo para unos pocos apuntes privados y nunca encontraba nada interesante que narrar. La mera ficción me resultaba falsa, necesitada de una solera, una cura lenta, como el vino, que yo no tenía. Y sin embargo intuyo que ahora sí. Otra cosa es que lo que yo pueda escribir sea interesante para alguien.

La Historia de la Literatura  está llena de autores que nos han contado lo que ya todos sabíamos, porque el género humano tiene la mala manía de repetirse (escribiendo y viviendo) una y otra vez. Pero supieron dar con ese resorte que hizo sus textos universales en el sentir humano y, a la vez, hermosos en la manera de ser expuestos.

Amo la Literatura, manejo medianamente la técnica y tengo un poso vital que quiero compartir con otros; eso es lo que me empuja ahora a escribir. Gracias por estar ahí y compartirlo conmigo 🙂

Leyendo teatro «Los amos del mundo»

Sinopsis

Tras un incidente en el metro, la vida de Miguel sufre un cambio radical. Perseguido por una “retorcida masa negra”, es incapaz de volver a la vida de clase media que llevaba sin cuestionarla. Su madre, una recatada joven y un olvidadizo compañero de piso intentarán traer a Miguel de vuelta al mundo mientras su padre encuentra en un sonriente perro al perfecto sustituto de su hijo.

La autora

Almudena Ramírez-Pantanella, la joven ganadora de la edición 2015 del Premio de Teatro Calderón de la Barca, ya había estrenado con éxito la obra «¡Es lunes!» en el Teatro Lara de Madrid. El jurado le ha concedido este premio, por mayoría, a su obra Los amos del mundo, por mostrar el retrato de la subjetividad extrañada de la juventud, por un planteamiento escénico innovador y por la interesante combinación de elementos de la dramaturgia clásica y contemporánea. El jurado, además, ha resaltado la expresión de un mundo dramatúrgico muy personal en su obra.

Notas de la autora

Cuando visité Pompeya me impactaron los cuerpos convertidos en escultura, que retratan el momento justo en el que el cuerpo deja de ser carne viva para convertirse en objeto perenne. A través de los objetos y de los cuerpos-objetos pompeyanos, el guía nos explicaba cómo vivían nuestros antepasados. Y yo pensé en que lo único que sobrevive al tiempo son los objetos.

Son los amos del mundo. Durante el tiempo que vivimos, creemos -como Miguel- ser nosotros esos amos del mundo. Pero solo los objetos tienen ese halo de permanencia. Ellos son los que se quedan para contarles la historia a quienes vengan más adelante.

Entonces imagino que la única manera de ser es arropado por la multitud. La multitud es el único motor generador de algo. Es en donde se puede encontrar la fuerza y el poder de ser los amos del mundo. Aún dentro del delirio de nuestra época, marcado por la omnipresencia del dinero, debemos concienciarnos de que no somos ni seremos jamás los amos del mundo. Morimos.

Mi opinión

Espectacular. No soy experta en teatro, pero Los amos del mundo me parece un texto magnífico. Tiene regustos del absurdo (Esperando a Godot, La cantante calva), y como en ellas un fondo de angustia existencial. Lo novedoso es que la acción (si es que podemos llamarla así) sucede en este siglo XXI, con unos personajes veinteañeros que muestran la problemática actual. Por ejemplo, las dificultades para encontrar un trabajo que permita independizarse, el afán hiperprotector de los padres modernos, la banalidad del consumismo…

Apenas hay una trama, no se respetan las unidades aristotélicas de tiempo, acción o lugar y algunos personajes son puros fantoches, pero es muy legible. Me han gustado muchísimo las referencias musicales de todo tipo, muy al hilo de las situaciones. Y la ironía.

Sumamente interesante. Supongo que todavía ganará más representado. Seguiré leyendo textos de esta autora.