«Doña Perfecta» de Galdós

Abundando en el centenario de don Benito y en los dos artículos anteriores que le dediqué, me propongo echarle un vistazo hoy a una de sus primeras y más famosas novelas.

Generalidades

Doña Perfecta se publicó en 1876. Pertenece al grupo de «novelas de tesis», como el propio Galdós las clasificó, y él mismo le hizo una adaptación teatral que estrenó en Madrid en los primeros días de 1896.

Apareció en cinco entregas en La Revista de España (en los números de marzo a mayo de 1876), con tanto éxito que se editó en libro ese mismo mes de mayo, y en junio ya se habían agotado todos los ejemplares. En una segunda edición y en una nueva imprenta, Galdós cambió los nombres de varios personajes y el final.

La crítica no es unánime en ese asunto, pero parece que fue escribiendo la novela sobre la marcha. Solo así se entiende que tuviera que hacer cambios tan importantes: que la premura de las entregas le impidieron la visión de conjunto y las correcciones necesarias de todo texto antes de ser publicado.

Argumento

Doña Perfecta, viuda y vecina de Orbajosa, una ciudad provinciana de la España profunda, acuerda con su hermano, residente en Madrid, preservar el patrimonio familiar casando a su hija Rosario con su sobrino Pepe, brillante ingeniero, al que invita a visitar Orbajosa y conocer a su prima.

A Pepe Rey, educado en un ambiente moderno, progresista aunque católico, le chocará la mala impresión que les produce tanto a doña Perfecta como al cura del pueblo, don Inocencio. Nada podrán contra ello las buenas vibraciones que nacen entre Rosario y Pepe. El drama amoroso terminará en tragedia.

Intencionalidad crítica

Doña Perfecta en 1876, Gloria en el 77 y La familia de León Roch en el 78 van en la misma dirección: mostrar los enfrentamientos ideológicos entre los españoles. En ellas, Galdós contrapone a personajes de estrecha mentalidad tradicionalista con otros de espíritu abierto y moderno (que suelen ser, además, los protagonistas).

Su propósito era atacar la intransigencia y el fanatismo, y en estas novelas lo hace de forma muy explícita, de ahí el rótulo «de tesis». Pero la verdad es que adolecen de un maniqueísmo que él mismo se criticó y por ello luego trató de evitar en su producción posterior.

El hecho de que se publicase quincenalmente en una revista, además, propició el debate durante las esperas de cada nueva entrega. Y con él cierto éxito de público y la traducción a otras lenguas. También, lamentablemente, una áspera oposición entre los más retrógrados que le costó el Nobel.

Una pequeña crítica literaria

Hay muchas cosas que se podrían comentar, pero voy a elegir solo unas pocas. Por ejemplo, la ironía patente en la elección de algunos topónimos. Así, por su denominación, nos hacemos una idea de cómo puede ser Villahorrenda, la estación en la que bajó del tren Pepe Rey; lo mismo que Orbajosa, la ciudad a la que iba, la «urbe de los ajos».

También se encuentra esa ironía (y buena parte de paradoja) en los nombres de ciertos personajes, como la tía fanática de Pepe, que se llama Perfecta, aunque no lo es. Y don Inocencio, el cura que malmete sin parar, que es cualquier cosa menos eso.

Almudena Grandes argumentó hace poco que Galdós supo plasmar tan bien la historia de nuestro país que cien años después de su muerte, no solo explica lo que nos ha pasado a los españoles sino las claves de lo que está pasando. Ella lo circunscribía a Los Episodios Nacionales, pero yo lo extiendo al resto de sus novelas. Ahora mismo, sin ir más lejos, andamos enfangados en polémicas tan absurdas y con plateamientos tan retrógrados como las que nos cuenta él.

Lo más reprochable

Quiero terminar este humilde acercamiento a Doña Perfecta con lo que más me rechina en esta novela (y en las otras de la etapa galdosiana inicial). Se trata de que el autor fuerza la verosimilitud para conseguir probar su tesis. Por ejemplo, varias escenas entre Pepe y Rosario son demasiado melodramáticas, es poco creíble que ella sea un personaje tan cambiante y melifluo, y lo peor, que ese galán caracterizado como sensato y razonable desde el principio se vuelva un irracional héroe romántico de repente.

Galdós, sin embargo, aprendió de sus propios errores y en las «novelas españolas contemporáneas» superó esos defectos juveniles con un conjunto impresionante de miles de páginas magníficas.

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