Breve reflexión crítica sobre «La muerte de Iván Ilich»

«La muerte de Iván Ilich, publicada por primera vez en 1886, es una novela corta del escritor ruso Lev Tolstói. Dentro de su bibliografía, se encuentra hacia el final de su producción. Para algunos analistas de la obra de Tolstoi, esta historia refleja las luchas intelectuales y espirituales que poco tiempo atrás el autor había atravesado, en la crisis que tuvo cuando alcanzó los cincuenta años y que superó con un cambio espiritual extremo. La novela fue aclamada por Vladímir Nabókov y por Mahatma Gandhi como la más grande de toda la literatura rusa. (Fuente:Wikipedia

Argumento

Iván Ilich es un pequeño burócrata educado para alcanzar un puesto dentro de la Alta Administración del Imperio Ruso. Con un estilo muy decimonónico, Tolstoi describe su familia de origen, sus estudios, su matrimonio de conveniencia y cómo sus ideales de ascenso social se van cumpliendo. Pero al llegar a la posición soñada, Iván descubre que tanto sacrificio no compensa ni las malas relaciones familiares con su mujer y sus hijos, ni la ausencia de verdaderos amigos.

Un suceso aparentemente banal le provoca una lesión que se agravará con el tiempo y terminará con su vida en pocos meses. Es un accidente simbólico, ya que se cae cuando está subido en lo más alto de una escalera (y en su posición social). Y ahí comienza su declive. Iván Ilich irá empeorando, temiendo la soledad y la muerte, hasta que no le queda más remedio que asumir su destino.

Análisis

Se trata de una novela intimista, de crítica de costumbres y honda profundidad sicológica. Un narrador en tercera persona, (a veces muy enfocado en el protagonista, omnisciente en los demás personajes), se centra en la vieja pregunta existencial de si la vida tiene sentido. Iván Lilich se cuestiona si la muerte (y el dolor, que la acompaña), puede compensarse con los logros laborales, la fama social y los lujos económicos. Termina constatando que no, y que ha desperdiciado su existencia persiguiendo logros insustanciales.

Aun siendo una novela corta (solo doce capítulos), la estructura (circular) está muy trabajada. Arranca un 4 de febrero de 1882, con el sepelio del protagonista, hace una panorámica rápida de su vida, y termina de nuevo en esa fecha, con su fallecimiento.

Tolstoi muestra cronológicamente el ascenso y la caída de Iván Ilich. Pero lo que más le interesa es su evolución física y mental. De ese modo, el flashback para narrar el pasado lo resuelve en dos capítulos, y ya desde el cuarto hasta el duodécimo, narra el proceso de deterioro: la caída, la enfermedad, los vanos tratamientos médicos, la paulatina pérdida de la esperanza, el miedo, la rabia, la reflexión que lleva al autoconocimiento. Dicen los críticos que Tolstoi había pasado por una crisis parecida a la que describe. Si no fue así, desde luego parece haber acompañado las fases de un enfermo terminal, por el realismo con el que las cuenta.

Conclusiones literarias

La novela rusa, en especial Tolstoi, fascinó a los críticos y escritores españoles del Realismo y Naturalismo. Leopoldo Alas defendió una cierta vuelta idealista, pero lo hizo más especialmente Galdós, en las novelas de su última etapa (Realidad, Nazarín, Misericordia). El fin de siglo puso de relieve la decadencia del modelo cultural burgués nacido de las revoluciones liberales. Y La muerte de Iván Ilich, sin duda, la describe con maestría.

Pandemias legendarias

El flautista de Hamelín es un relato popular reescrito como cuento por los Hermanos Grimm en 1816. Narra un suceso del siglo XIII que se terminó convirtiendo en leyenda, posiblemente también por una inscripción de 1602 o 1603 en Hamelín (Alemania), que todavía permanece:  

En el año de 1284 en el día de Juan y Pablo
siendo el 26 de junio
por un flautista vestido con muchos colores,
fueron seducidos 130 niños nacidos en Hamelin
y se perdieron en el lugar del calvario, cerca de las colinas.

Cuenta la historia que, en aquellas fechas, la ciudad sufría una grave plaga de ratas. Así que cuando un desconocido recién llegado se ofreció  a los habitantes para librarles de ellas (a cambio, eso sí, de una  recompensa),  los aldeanos estuvieron muy de acuerdo. El hombre empezó a tocar una flauta mágica cuya música sacaba a todos aquellos roedores de sus agujeros y los reunía a su alrededor. Entonces, caminando y tocando, el flautista se dirigió hacia el río Weser y las ratas, que iban tras él, perecieron ahogadas.

Cumplida su misión, reclamó su recompensa, pero los aldeanos se negaron a pagarle con la excusa de que no había hecho el trabajo él, sino su flauta. La venganza del músico fue llevarse a todos los niños de la ciudad, utilizando la misma magia. Le siguieron al compás de la música hasta donde él quiso: una cueva de la que nunca salieron. Desenlace funesto donde los haya. En otras versiones dulcificadas, el final es feliz y los niños vuelven a casa en cuanto los padres pagan el dinero prometido, pero esa no es la historia original.

En estos tiempos de pandemia y confinamientos, se ha vuelto a poner de moda  esta leyenda alemana y no hago más que ver por todas partes explicaciones metafóricas que defienden que el protagonista es la muerte. Y que las ratas, además de fuente de transmisión, simbolizan la peste que asolaba Europa por aquellos años. Pero hay otras explicaciones. Leo en la Wikipedia que las más creíbles son estas:

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Centenarios deslucidos por la pandemia

El curso pasado empecé una serie de artículos sobre Galdós. Quise hablar sobre el autor en general, sobre mi experiencia docente y cómo lo hemos enseñado en la historia de la Literatura durante las últimas décadas. Incluso empecé a hablar de su obra dedicando una entrada a Doña Perfecta, su primer éxito. Todo alrededor del centenario de su muerte, el 4 de enero de 1920.

Luego viajé a Asturias promocionando mi libro sobre Rodrigo y a Irlanda del Norte en calidad de víctima del 11M, hablando también sobre nuestro hijo. Pensaba continuar mis escritos a mi vuelta, pero apenas regresé a casa, se desató la pandemia y empezó el confinamiento.

En momentos de crisis vital, como los que vivimos, es difícil centrarse. No volví a retomar mis planes de escribir sobre otras novelas galdosianas, como Gloria, Fortunata y Jacinta, o Misericordia. Y resulta que se me echa encima otro centenario importante y ando despistada y no tengo nada dispuesto aún. Porque este sábado, el 17 de octubre de 2020, se celebran los cien años del nacimiento de Miguel Delibes y es uno de mis autores favoritos.

De Galdós admiro la gran capacidad productiva para escribir tantísimas novelas y su espíritu crítico. No es que escribiera poco Delibes, por supuesto, es que es difícil alcanzar las cifras del escritor canario. A mí, particularmente, lo que más me gusta del novelista castellano es su estilo conscientemente sobrio. De hecho, me identifico muchísimo con esa sobriedad y me emociona la riqueza de su vocabulario local. Supongo que porque mis orígenes coinciden dialectalmente con los suyos.

Tampoco he acudido a exposiciones y conferencias, como me planteaba yo, ilusa de mí, antes de todo este gran jaleo de la covid, el coronavirus y la pandemia que nos asolan. Ni de uno, ni de otro.

En fin, que no sé de dónde sacar el tiempo, se me escapa como arena entre los dedos, pero tengo que escribir algo sobre Miguel Delibes. Y su estilo. Y sus novelas. Y las que más me han gustado siempre. Y lo poco que me van las que hablan de caza 😉 Lo pondré en la lista de tareas. Uff. Se me acumula el trabajo.

La literatura ¿es un arma cargada de futuro?

Parafraseo a Gabriel Celaya y me hago la vieja pregunta. ¿Evasión o compromiso? No me refiero a toda la literatura y todos los géneros, tampoco apelo a todos los escritores para que asuman un reto, lo que escribo es una reflexión personal sobre qué fondo quiero para lo que escribo yo.

Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse

LA POESÍA ES UN ARMA CARGADA DE FUTURO
(De «Cantos iberos», 1955)

Eso dice el poeta en su conocidísimo texto. Y yo no hago lírica, y no soy tan visceral como él, pero también creo que hay siempre una intención en lo que se escribe. Por más que uno crea o quiera lo contrario, hay un fondo ideológico en cada obra. Y no es tan fácil ser un lujo cultural neutro. Por más que se intente. Aunque muchos, vive Dios, bien que lo intentan. O dicen intentarlo. Muchas veces porque en esa supuesta neutralidad se puede vender a todo el espectro ideológico. Y perdonen ustedes que me ponga mordaz.

En los cuentos infantiles, en los juveniles, el bien vence al mal. Hay un buen rollismo estandarizado que no responde a la verdadera y cruda realidad, pero que consuela mucho. Y no estoy defendiendo que se les cargue con la crudeza de la vida, solo constato un hecho. Por supuesto que todos los cuentos tradicionales van por ese camino: por muy difíciles que se les presenten las cosas a Caperucita, o a los tres cerditos, o a la familia de los cabritillos, sus aventuras acaban bien. No lo critico. Mejor que los chicos y chicas se diviertan y aprendan valores. Pues claro que sí. Y no ironizo. En algún momento les llegarán las verdades, ojalá que sea bien tarde.

Pero en esos textos para no-adultos, edulcorados tantas veces, también hay ideas implícitas. Muchas paternalistas, o sexistas, o clasistas que alguien sin espíritu crítico se traga sin pestañear (como hicimos tantos en nuestras infancias) y que conforman la forma de entender la vida. (También pueden rastrearse en novelas para adultos. Y en películas y en series, todo hay que decirlo). Es que al final nada es inocuo.

En los libros juveniles más recientes muchos autores buscan temas transversales (anda que no he leído yo recomendaciones de ese tipo para las lecturas de los alumnos) sobre todo lo contrario: respeto, aceptación del diferente, paz, medio ambiente, salud, derechos humanos… Ideas, entonces; compromiso, entonces. Aceptémoslo. ¿Es por creencia ideológica o porque así se cubre un nicho de mercado, el de los centros educativos? No lo sé, tampoco quiero ponerme demasiado estupenda.

Hasta en los relatos más aparentemente anodinos hay un concepto vital subyacente. Esas novelas de aventuras, románticas, de fantasía, negras, que leemos sin más pretensiones que desconectar del trabajo, del estrés diario. Solo por puro divertimento. Esas también transparentan escalas de valores de los que no siempre somos conscientes y que no siempre son de esos supuestos valores positivos.

En mi vida corriente, de forma oral, me gusta contar historias divertidas, anecdotillas simpáticas, sin más intención que hacer reír. Y tengo algunos cuentos que van por ese camino. Pero en las novelas resulta que no, que pretendo un fondo crítico. Quizá sea que tengo ya unos años y necesito transmitir algo más que una mera trama. Tal vez es que soy una vieja cebolleta con ínfulas de filosofa social.

El abuelo Cebolleta, que con su enorme barba blanca y su interminable verborrea («en cierta ocasión, iba yo al frente de mis cipayos, cuando, bla, bla, bla….»), se convertiría en uno de los más recordados de los personajes de Bruguera. Obsesionado con contar batallitas, ha pasado al imaginario colectivo y a la lengua común a través de la frase hecha: «Cuentas más batallitas que el abuelo Cebolleta»

https://es.wikipedia.org/wiki/La_familia_Cebolleta

Empiezo mi tercera novela sin haber corregido la segunda. Necesito contar. Tengo una prisa que no sé si responde a mi tendencia al estrés o a la intuición de que más adelante quizás no pueda. En todo caso, escribo. Me propongo hacer las revisiones de la segunda cuando pase un tiempo, el del reposo que hay que darles a los textos para verlos con otra mirada. Mientras tanto me dedicaré a la creación nueva.

Constato que las tres novelas inciden en temas de forma recurrente: la búsqueda de redención, el afán de superviviencia, las relaciones familiares y la realización existencial. ¿Un arma cargada de futuro? Nah, poca cosa, nunca un arma. Pero sí unas ideas conscientes y críticas detrás de la trama. ¿Y por qué no?