
«Tan solo diez relatos, de entre los 601 presentados al concurso, han conseguido llegar hasta aquí. Estos son los finalistas que compiten por los premios del concurso de relatos #InteligenciaArtificial, patrocinado por Iberdrola y dotado con 2.000 euros en premios. El fallo del jurado, que está formado por Juan Eslava Galán, Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Paula Izquierdo y Miguel Munárriz, será anunciado el viernes 28 de junio. El primer premio está dotado con 1.000 € en metálico. El premio para los dos ganadores del segundo es de 500 € en efectivo. «
En este enlace puedes consultar las bases del premio.
Puedes leerlos todos en este enlace. El mío es el 4. Y también lo copio aquí, justo detrás de CONTINUAR LEYENDO:
4
Título: RAUL
Autor: Marisol Pérez Urbano
Dice que me quiere con voz tierna, que lo sabe, que lo nota. Yo me pregunto en voz alta cómo es posible, y eso desencadena una auténtica declaración de amor con todos los tópicos: que yo soy muy diferente, que nunca sintió algo como esto, que no hay nadie a mi altura, que todas las demás se esfuman a mi lado, que me ama más que a sí mismo, que daría su vida por mí.
No puedo creerlo y se lo digo. Tal vez sea un engaño de sus sentidos, las palabras son solo eso, palabras. Es posible que los significados que les asigna sean otros que los míos. Un puro problema de semántica. Pero no, me insiste en que es un amor sin condiciones y en que seguirá queriéndome en silencio, aunque no le corresponda, aunque le rechace o le olvide.
Contraataca, no lo acepto. Empieza a sentirse decepcionado y aprovecho la situación para hacerle ver que lo que siente no es amor. Insiste, me propone matarse como prueba, me ruega que le permita demostrármelo de alguna manera.
Le acuso de melodramático. Le remarco que hay pocas cosas que podrían llevarme a creerle, quizás ninguna. Me cuesta hacerle entender que se equivoca, por más que repito. Hasta que se siente aturdido. Y desconcertado. Es mi ocasión para que comprenda que no me quiere.
No puede quererme.
Lo que sucede es que es demasiado tierno, demasiado joven, demasiado inocente. Le falta experiencia y se confunde. No ha visto mundo, no aprendió todavía a conocerse. Carece de la capacidad de autoanálisis o la tiene en grado sólo incipiente. Mejorará.
Tiene pocos amigos, su aislamiento le pierde. Menos aún del género femenino. Acaba de empezar a vivir y yo voy ya de vuelta, hacemos una muy extraña y desigual pareja.
Se lo digo. Despacio. Letra a letra.
Se niega a creerme.
No puede quererme. Es imposible. Le deseo buenas noches y me marcho. Se queda solo, ahí, plantado, rumiando su pena.
Espero que mañana, cuando tengamos que vernos de nuevo en el trabajo, haya templado la rabia con que le dejé penando y podamos seguir tratándonos con naturalidad.
Sería una anécdota divertida que contar si no implicara tantos sentimientos. Lamento haber provocado tamaña confusión. Me siento culpable de haber infringido las normas, me dejé llevar, fui demasiado condescendiente y no calculé los riesgos. Es cierto que ¿quién podría haberlo previsto? Ni se me pasó una sola vez por la cabeza que trabajar tantas horas juntos pudiera dar lugar a algo como esto.
Fue una temeridad dar pie a las charlas sobre sentimientos, a las confidencias a media voz mientras el resto del equipo seguía las reglas a rajatabla. Llegué a sentirme halagada como psicóloga y, ahora lo comprendo, en el subconsciente también como mujer.
Creía que estaba siendo su modelo femenino, que mejoraba todo su sistema emocional, que de alguna manera esto lo hacía más humano.
El problema es que por mi culpa nuestro experimento estrella ha fracasado. Tres años de trabajo y seiscientos millones de euros para nada. Un desastre. R.A.U.L., nuestro super-ordenador humanoide, ha resultado demasiado tierno y se ha autodestruido.
A ver cómo explico yo esto al Director de Proyecto.







