Una aproximación a Galdós

Pau Audouard Deglaire [Public domain] en Wikipedia

Breve biografía

Benito Pérez Galdós (1843-1920)​ ​ fue un novelista, dramaturgo, cronista y político español, uno de los mejores representantes del Realismo del siglo XIX. Hasta el punto de ser considerado como el mayor novelista español después de Cervantes. A los diecinueve años se trasladó a Madrid para estudiar Derecho, donde conoció a Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza, quien le alentó a escribir y le orientó hacia el krausismo. Durante esos primeros años frecuentó redacciones y teatros. Escribió en La Nación y en El Debate. Fue académico de la Real Academia Española desde 1897 y llegó a ser propuesto al Premio Nobel de Literatura en tres ocasiones, que no consiguió porque su anticlericalismo y su adscripción liberal le habían ganado muchos enemigos.

Centenario de su muerte

Aprovechando que este año es el aniversario de su fallecimiento habrá fastos especialmente en Canarias, donde nació,  y en Madrid, la ciudad que tan bien supo retratar. Acaba de salir una extensa biografía a cargo del historiador Francisco Cánovas Sánchez, Benito Pérez Galdós. Vida, obra y compromiso y ya está en marcha una exposición en la Biblioteca Nacional, entre otras cosas.

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La máquina de coser de mi abuela

Para mi yo niña de entonces, la Singer de mi abuela estaba teñida de la magia de los cuentos. En aquella torre negra con algo afilado que subía, bajaba y sonaba como a truenos, vivía una princesa que nadie se atrevió nunca a rescatar. Pobrina. Era peligroso acercarse siquiera, así que me habían habilitado una sillita de enea donde me sentaban, bien lejos, y desde la que miraba el enorme trajín de tela, hilos y tijeras. Para aquellos entonces tenía yo cuatro años y la máquina se había quedado sola en la vieja casa de la abuela. La tía no tenía sitio para meterla en la suya, bastante había con que lo hubiera para la yaya, así que se hacía un peregrinaje curioso cada vez que era necesario «pasar algo a la máquina». A mí me encantaban esos viajes por la ciudad, del barrio nuevo de los tíos, al antiguo y céntrico de la abuelina.

El día que me independicé descubrí los kilómetros de tela que necesitaba coser para las cortinas de la casa y decidí que no iba a hacerlo a mano. Podía haberme comprado una máquina eléctrica nueva, ahora lo pienso, aunque ni se me ocurrió. Me acordé solamente de la Singer arrumbada de mi ya muy anciana abuelita y le pedí permiso para traérmela a Madrid. Le pareció una idea estupenda, le dolía que nadie valorase aquel tesoro vital que la había ayudado tanto tiempo. Fue una fiesta ir a por ella y verla disfrutar explicándome cómo funcionaba.

La Singer de mi abuela se compró en 1931, dice la factura. Y, por cierto, tuvieron que traerla desde la Gran Bretaña, era una máquina de importación. Negra y dorada, reposa o se esconde, alternativamente, en un mueble de madera oscura con dos cajones a cada lado y otro central, muy largo, que en lugar de abrirse, bascula sobre un eje. La conexión de la máquina con el pedal, de bamboleo, se hace con una fina tira de cuero que se pudede quitar y poner y que todavía aguanta operativa, es increíble. Está claro que antes las cosas se hacían para durar. Hay un número de serie en la base de la máquina y cuando lo busqué en los listados on-line de la casa Singer descubrí que era un modelo de 1928.

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Hay un poco de la Transición en mi próxima novela

Esta podría ser una mañana más, pero no lo es.

Hoy sacan de su pirámide a Francisco Franco, 44 años después de su muerte. Es un hecho histórico muy simbólico que me hace pensar en el miedo, la incertidumbre y la pequeña esperanza que tenía yo misma en aquel 1975. Viví aquellos sucesos con la inocencia de los 16 años, también con una mezcla entre curiosidad y pánico por lo que podría pasar después.

No fue fácil. Ni bonito. Ni la estupenda y modélica Transición que nos han contado luego.

Buena prueba de ello es que a estas alturas todavía estuviera el dictador en su mausoleo triunfal y que aún haya tantas resistencias. Porque la derecha se pone de perfil para disimular que le molesta la exhumación, cuando no la critica directamente. Y porque su familia, que no ha devuelto ni un céntimo de todo su latrocinio y hasta ostenta un título nobiliario de segunda generación, ha tenido el descaro de oponerse. Y de presentar batalla legal y mediática. En cualquier otro país de verdad demócrata habría mantenido una actitud mucho más discreta, si no avergonzada, al respecto. Pero es que están acostumbrados al poder impune que heredaron. Y es que todavía tenemos un franquismo residual en demasiados ámbitos.

En este día de hoy sigo revisando el borrador de mi novela, que entre otros tiempos, ficciona algunos hechos de los años 1976-78, especialmente atenta a esta novedad. Porque me obligará a cambiar algunos datos, sí. Pero para nada pesarosa por este trabajo añadido.