Centenarios deslucidos por la pandemia

El curso pasado empecé una serie de artículos sobre Galdós. Quise hablar sobre el autor en general, sobre mi experiencia docente y cómo lo hemos enseñado en la historia de la Literatura durante las últimas décadas. Incluso empecé a hablar de su obra dedicando una entrada a Doña Perfecta, su primer éxito. Todo alrededor del centenario de su muerte, el 4 de enero de 1920.

Luego viajé a Asturias promocionando mi libro sobre Rodrigo y a Irlanda del Norte en calidad de víctima del 11M, hablando también sobre nuestro hijo. Pensaba continuar mis escritos a mi vuelta, pero apenas regresé a casa, se desató la pandemia y empezó el confinamiento.

En momentos de crisis vital, como los que vivimos, es difícil centrarse. No volví a retomar mis planes de escribir sobre otras novelas galdosianas, como Gloria, Fortunata y Jacinta, o Misericordia. Y resulta que se me echa encima otro centenario importante y ando despistada y no tengo nada dispuesto aún. Porque este sábado, el 17 de octubre de 2020, se celebran los cien años del nacimiento de Miguel Delibes y es uno de mis autores favoritos.

De Galdós admiro la gran capacidad productiva para escribir tantísimas novelas y su espíritu crítico. No es que escribiera poco Delibes, por supuesto, es que es difícil alcanzar las cifras del escritor canario. A mí, particularmente, lo que más me gusta del novelista castellano es su estilo conscientemente sobrio. De hecho, me identifico muchísimo con esa sobriedad y me emociona la riqueza de su vocabulario local. Supongo que porque mis orígenes coinciden dialectalmente con los suyos.

Tampoco he acudido a exposiciones y conferencias, como me planteaba yo, ilusa de mí, antes de todo este gran jaleo de la covid, el coronavirus y la pandemia que nos asolan. Ni de uno, ni de otro.

En fin, que no sé de dónde sacar el tiempo, se me escapa como arena entre los dedos, pero tengo que escribir algo sobre Miguel Delibes. Y su estilo. Y sus novelas. Y las que más me han gustado siempre. Y lo poco que me van las que hablan de caza 😉 Lo pondré en la lista de tareas. Uff. Se me acumula el trabajo.

La literatura ¿es un arma cargada de futuro?

Parafraseo a Gabriel Celaya y me hago la vieja pregunta. ¿Evasión o compromiso? No me refiero a toda la literatura y todos los géneros, tampoco apelo a todos los escritores para que asuman un reto, lo que escribo es una reflexión personal sobre qué fondo quiero para lo que escribo yo.

Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse

LA POESÍA ES UN ARMA CARGADA DE FUTURO
(De «Cantos iberos», 1955)

Eso dice el poeta en su conocidísimo texto. Y yo no hago lírica, y no soy tan visceral como él, pero también creo que hay siempre una intención en lo que se escribe. Por más que uno crea o quiera lo contrario, hay un fondo ideológico en cada obra. Y no es tan fácil ser un lujo cultural neutro. Por más que se intente. Aunque muchos, vive Dios, bien que lo intentan. O dicen intentarlo. Muchas veces porque en esa supuesta neutralidad se puede vender a todo el espectro ideológico. Y perdonen ustedes que me ponga mordaz.

En los cuentos infantiles, en los juveniles, el bien vence al mal. Hay un buen rollismo estandarizado que no responde a la verdadera y cruda realidad, pero que consuela mucho. Y no estoy defendiendo que se les cargue con la crudeza de la vida, solo constato un hecho. Por supuesto que todos los cuentos tradicionales van por ese camino: por muy difíciles que se les presenten las cosas a Caperucita, o a los tres cerditos, o a la familia de los cabritillos, sus aventuras acaban bien. No lo critico. Mejor que los chicos y chicas se diviertan y aprendan valores. Pues claro que sí. Y no ironizo. En algún momento les llegarán las verdades, ojalá que sea bien tarde.

Pero en esos textos para no-adultos, edulcorados tantas veces, también hay ideas implícitas. Muchas paternalistas, o sexistas, o clasistas que alguien sin espíritu crítico se traga sin pestañear (como hicimos tantos en nuestras infancias) y que conforman la forma de entender la vida. (También pueden rastrearse en novelas para adultos. Y en películas y en series, todo hay que decirlo). Es que al final nada es inocuo.

En los libros juveniles más recientes muchos autores buscan temas transversales (anda que no he leído yo recomendaciones de ese tipo para las lecturas de los alumnos) sobre todo lo contrario: respeto, aceptación del diferente, paz, medio ambiente, salud, derechos humanos… Ideas, entonces; compromiso, entonces. Aceptémoslo. ¿Es por creencia ideológica o porque así se cubre un nicho de mercado, el de los centros educativos? No lo sé, tampoco quiero ponerme demasiado estupenda.

Hasta en los relatos más aparentemente anodinos hay un concepto vital subyacente. Esas novelas de aventuras, románticas, de fantasía, negras, que leemos sin más pretensiones que desconectar del trabajo, del estrés diario. Solo por puro divertimento. Esas también transparentan escalas de valores de los que no siempre somos conscientes y que no siempre son de esos supuestos valores positivos.

En mi vida corriente, de forma oral, me gusta contar historias divertidas, anecdotillas simpáticas, sin más intención que hacer reír. Y tengo algunos cuentos que van por ese camino. Pero en las novelas resulta que no, que pretendo un fondo crítico. Quizá sea que tengo ya unos años y necesito transmitir algo más que una mera trama. Tal vez es que soy una vieja cebolleta con ínfulas de filosofa social.

El abuelo Cebolleta, que con su enorme barba blanca y su interminable verborrea («en cierta ocasión, iba yo al frente de mis cipayos, cuando, bla, bla, bla….»), se convertiría en uno de los más recordados de los personajes de Bruguera. Obsesionado con contar batallitas, ha pasado al imaginario colectivo y a la lengua común a través de la frase hecha: «Cuentas más batallitas que el abuelo Cebolleta»

https://es.wikipedia.org/wiki/La_familia_Cebolleta

Empiezo mi tercera novela sin haber corregido la segunda. Necesito contar. Tengo una prisa que no sé si responde a mi tendencia al estrés o a la intuición de que más adelante quizás no pueda. En todo caso, escribo. Me propongo hacer las revisiones de la segunda cuando pase un tiempo, el del reposo que hay que darles a los textos para verlos con otra mirada. Mientras tanto me dedicaré a la creación nueva.

Constato que las tres novelas inciden en temas de forma recurrente: la búsqueda de redención, el afán de superviviencia, las relaciones familiares y la realización existencial. ¿Un arma cargada de futuro? Nah, poca cosa, nunca un arma. Pero sí unas ideas conscientes y críticas detrás de la trama. ¿Y por qué no?

«Profe, hazte youtuber»

Mi logo

En los últimos años mis alumnos me vienen repitiendo esta cantinela: que suba clases y explicaciones a la Red. Me cuentan que hay algunos canales que les han sacado de montones de apuros y que por qué no me lanzo con mi método, que les gusta mucho.

Y ese era uno de mis objetivos para este curso, el primero de mi vida consciente en que no estoy en un aula, ni como alumna ni como profe. En mi contra tengo mis escasas habilidades en la técnica audiovisual. A favor, que sí me manejo bien en lo informático. Tenía planificados los temas, pero no sabía cómo llevarlos a cabo. Se fue sucediendo la vida con sus sucesos inesperados que me apartaban de ese objetivo cada vez más. Y, de pronto, llegó el confinamiento.

Lo he dedicado a escribir. Tengo 22.000 palabras de una segunda novela. pero ahora, que la llevo encarrilada y he consegudo serenarme un poco, le he vuelto a dar un empujón a mi proyecto y he creado un canal en YouTube. Como me pedían mis chicos.

Se llama «Profe, hazte youtuber» aunque Google no lo indexa por su nombre todavía. En primer lugar, porque aún no he subido vídeos. En segundo, porque Youtube asigna un código alfanumérico a cada canal y no se puede solicitar que la url contenga el nombre o el título o lo que quiera el autor hasta que consiga 100 suscriptores. Ahí es na.

Tengo ya tres vídeos casi preparados sobre Sintaxis, lo que más me han pedido siempre. Y mi idea es hacer muchos más. Parto de conceptos muy básicos para compañar a los que lo necesiten casi desde cero: alumnos o padres de los que quieren ayudar y no saben cómo.

No sé cuándo lo pondré totalmente en marcha. Voy avanzando, descubriendo, equivocándome y volviendo a empezar. Y lo escribo para obligarme a mí misma, para perderle el miedo y lanzarme.

De momento, también, abro una página en mi web que enlaza el canal. Del resto, el tiempo irá diciendo.

Leer para entretenerse: La villa de las telas.

Esta última semana he leído una trilogía de novelas. Un bestseller (a mi humilde parecer mediocre), pero que ha conseguido distraerme y tenerme bastante entretenida: La villa de las telas (y sus dos secuelas) de Anne Jacob. Es una cierta imitación de Downton Abbey, ambientada en la Alemania de la I Guerra Mundial, entre 1914 y 1925. Se publicó en 2014, 2015 y 2019.

Las tres novelas muestran una familia más industrial y burguesa que noble, con menos líos y más previsibles que la serie imitada. En todo caso resulta bastante blanca, mullida y convencional. Por supuesto narra en paralelo la vida de los señores y de la servidumbre, con cocinera de carácter, ama de llaves, lacayo, ayudante de cocina, doncellas y jardinero. Nada nuevo, excepto que no son británicos sino alemanes.

Las tres novelas tienen un fondo romántico soso, chiklit, de mujeres con cierta tendencia a un empoderamiento discreto. Madre y dos hermanas, como la serie británica, y una cuñada procedente de un orfanato hacen el elenco femenino. Todas sus cuitas son siempre amorosas, que escandalizan a la sociedad puritana de provincia en la que viven, pero poca cosa para la mentalidad actual. Padre e hijo basculan entre los problemas conyugales y los de dirigir una empresa que los absorbe demasiado. Solo durante la guerra las mujeres asumen algunas obligaciones de gestión masculina, que pierden en cuanto los hombres regresan del frente.

Como tantas trilogías últimamente, lo interesante y de cierta originalidad está en la primera novela. Al menos tiene carga narrativa, aunque sea tópica, con un amor imposible, el estallido de la I guerra mundial y sus consecuencias sociales y personales. La segunda novela aprovecha que los personajes y el ambiente podían dar de sí un poco más para añadir dos o tres conflictos muy parecidos. Pero ya la tercera tiene que tirar de los niños hijos de los protagonistas y hasta de una leve trama negra para rellenar páginas. Se la podía haber ahorrado y haberse quedado en la segunda.

El final, casi anodino, es al estilo de la comedia del siglo de oro, ubicando a cada oveja con su pareja y haciéndonos intuir que los años siguientes hubo más de lo mismo, una cotidianidad aún más simplona y feliz que ya no se merece ser reseñada.

El estilo es sobrio, fácil de seguir, aunque abusa tanto de las descripciones que las más pesadas me las salté, como en la infancia. La autora describe ambientes (urbanos o rurales, las diferentes casas, la villa que da título a la obra, la fábrica de telas, la maquinaria, el sistema de producción y hasta los dibujos de las telas). También la naturaleza circundante (cambios de estación, los jardines de la villa), costumbres tradicionales varias con un amplio catálogo de las comidas alemanas en fiestas y a diario. Y no se olvida de peinados y vestimenta. Asimismo hay capítulos para la guerra, las batallas y las cartas que van y vienen del frente. Total, que dedica demasiadas páginas a esas cuestiones, sin conseguir, lamentablemente, hacer una buena pintura de la época.

A mí, desde luego, me pareció más de lo mismo. Nada que no hubiera leído antes, o visto en pelis, o en series. Creo que lo único que me resultó original fueron las largas explicaciones sobre los platos tradicionales alemanes, que parecían gustarles mucho no solo a los personajes sino a la narradora.

Finalmente, en cuanto a la traducción, no me pareció mala, aunque se le colaron algunos laísmos (no demasiados) y las típicas cacofonías saltaban por todas partes con sus rimillas incómodas.

No es algo que volvería a leer, no es una obra de culto, pero la trama conseguía atraparme bastante a menudo. Le agradezco que me ayudara a evadirme en medio de este confinamiento.