
A finales de junio fui entrevistada por Radio Gaga, que hacía un programa sobre el 11 de marzo para su canal, en calidad de madre doliente. No fue una experiencia del todo agradable, porque el tema y los recuerdos son dolorosos y además pasamos mucho calor. Me citaron a las cuatro de la tarde, en la calle, con 38ºC, y estuve esperando dos horas bajo la sombra escasa de algunos árboles. Cuando por fin me llamaron para la entrevista (estábamos en la entrada de la estación de cercanías de El Pozo) la lucidez y la serenidad se habían evaporado. Para terminar de rematar la situación, resultaba que yo era la última participante después de tres días en esas condiciones climáticas, por lo que se notaba a técnicos y periodistas totalmente agotados. Fueron amables, eso sí, y lo que hablamos no estuvo mal, pero había tenido muchas conversaciones previas mucho más interesantes que la que finalmente salió.
Todo este preámbulo para explicar que me habían pedido que llevase pensada una canción significativa para mí, tras la muerte de Rodrigo. Y que revisando la música que ha acompañado mi duelo durante los años, me he dado cuenta de que en los cambios musicales se puede rastrear también la evolución de la pena.
Obviamente, he escuchado otras muchas, pero ciertas canciones y sus letras me ayudaban a llorar, a pensarle y a seguir avanzando. Solo cito una o dos estrofas, pero enlazo vídeos de YouTube para quien quiera oírlas.
La primera que tuvo esa capacidad curativa, y por recomendación de un amigo suyo, fue «Hora de marchar» de Mago de Oz.
No llores más por mí,
siempre estoy cerca de ti.
Te esperaré en la luz.
Allí donde no, no existe el dolor.










