Día del Libro 2020

El 23 de abril es una fecha estupenda para recordar a Cervantes y El Quijote.

Para ello he elegido un fragmento del capítulo VII de la primera parte. Se trata de un episodio que se considera esencial en la creación del personaje. También en el uso de la verosimilitud como técnica novelesca, un artificio que cientos de autores han valorado e intentado emular después.

Cervantes quiso hacer creíble a su protagonista. Y lo hizo tan bien, que mucha gente piensa que don Quijote realmente existió. De niña, por cierto, yo también lo creía.

Dicen los críticos que Cervantes tuvo un pariente con problemas psiquiátricos. Y que por eso supo describir con veracidad los síntomas, tanto en El licenciado vidriera (una de las Novelas Ejemplares), como en El Quijote. Estudios de psicólogos y médicos de prestigio abundan en la idea de que el pobre Caballero de la Triste Figura era un paranoico (bueno, creo que últimamente a esos síntomas se los denomina trastorno delirante). Y en que por eso se obsesionaba y perdía el sentido de la realidad. Por su enfermedad se creía las fabulaciones caballerescas, pero en cambio razonaba impecablemente en cualquier otra circunstancia.

En el susodicho episodio, don Quijote ha vuelto magullado después de su primera salida y sus amigos y parientes intentan evitar que vuelva a hacerlo quemando sus libros. Mandan incluso tapiar la entrada a su biblioteca. Luego fingen que un mago encantador se la llevó volando por los aires.

Pero resultó peor el remedio que la enfermedad. Porque una vez que el hidalgo comprobó que verdaderamente sus libros y el cuartito ya no estaban, tuvo una razón para creer en la magia. Y con ella intentó de allí en adelante adecuar las circunstancias extrañas con las que se iba encontrando. Todo lo atribuyó a las malas artes de ese mago enemigo suyo. Por eso no le extrañaba que los gigantes se transformasen en molinos, o los ejércitos en ovejas.

Así sucedió que, intentando ayudarle, sus amigos solo le dieron alas para seguir saliendo de casa a buscar aventuras.

Hoy es buen día y buena ocasión para releer nuestra novela más universal, aunque solo sea un fragmento, ¿no os parece?

La verosimilitud en algunos géneros

Llevo unos días viendo una serie que me desconcierta. Tiene muchos seguidores, pero me provoca rechazo por los continuos cambios ilógicos en el carácter de los personajes. Y por lo manido (y a veces inverosímil) de la trama.

Y como sería pretencioso suponer que esas discordancias solo las veo yo, deduzco, entonces, que sus muchos fans aceptan tales inconvenientes a cambio de otra cosa que consideran de mayor calado.

Supongo que entre los espectadores que la aclaman prima la búsqueda de un cierto tipo de entretenimiento ligero. Uno, desde luego, no muy exigente en cuanto a estructura y a coherencia. Uno con el que buscan desconectar, liberarse de problemas.

En realidad también a mí me está pasando que no me la tomo muy en serio y la veo con poca atención, revisando el móvil, o hasta echando una siesta.

Hay cosas que me gustan, como el atrezzo (en especial vestimenta, localizaciones y mobiliario). Además, la intriga me atrapa a veces. Y aunque suelo acertar en las predicciones, porque la trama está llena de tópicos, la tensión dramática está bien planteada y me empuja a continuar viéndola.

Sigo haciendo suposiciones y me planteo que sus seguidores conocen esos tópicos, que son conscientes de que se repiten (como en otras muchas otras historias románticas, o mejor, así la clasificaría yo, chik-lit) y no les importa. Que es eso lo que buscan: que les cuenten lo que ya saben pero les encanta volver a leer, o, en este caso, visionar.

Yo me había acercado a la serie creyendo que era una trama de época. Española, sí, pero imaginaba que pudiera ser un poco Downton Abbey, que, vale, es una joya. Y menudo chasco.

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Cómo conseguir un buen desenlace (II)

Termino esta serie de artículos con un resumen práctico de los cinco cierres más usuales y sus elementos característicos .

El protagonista gana

Los enamorados se casan, el detective detiene al asesino, el héroe lleva a cabo su misión: muchas novelas y películas tienen ese final feliz. Pero la victoria llega tras un largo proceso y una batalla feroz. A menudo, además, el personaje sufre una herida (interna o externa) que tendrá consecuencias para siempre.

  • el protagonista vence a la muerte (física, sicológica, social, profesional…) tras larga lucha
  • queda por encima de enemigos y antagonistas, consigue su propósito
  • pero la victoria siempre deja secuelas

El protagonista pierde

El personaje es derrotado por fuerzas físicas o morales, externas o internas. Puede morir, o ser destruido en lo laboral, familiar o sicológico. La derrota final es típica de las tragedias y puede producir como ellas una catarsis (la purificación sentimental que permite una mente más lúcida para prevenir errores vitales posteriores). Este final también es típico de la novela y el cine negros.

  • la muerte gana
  • el protagonista pierde (la vida, el honor, la salud…)
  • hay catarsis o lección moral

El protagonista se sacrifica

El personaje principal se ve en una coyuntura en la que ninguna salida es buena. Por ello decide sacrificar su interés personal en aras de otro común por alguien o algo que considera objetivos superiores a sí mismo y que realmente ama.

  • el protagonista está atrapado en un dilema moral
  • decide sacrificarse por algo (ideas) o alguien (otros personajes) que ama más que a su propia vida
  • muere emocionalmente, pero es recompensado con otro beneficio inesperado (Rick en Casablanca)
  • muere físicamente, pero salva a otros y se convierte en un héroe.

El protagonista gana pero realmente pierde

Parece que gana, pero lo que consigue es moralmente erróneo: ha engañado, se ha aprovechado, ha vendido su alma.

  • la muerte suele ser sicológica
  • el protagonista tuvo la oportunidad de rechazar la situación (avisos internos y externos), pero prefiere la opción inmoral a conciencia
  • consigue su objetivo, pero le cuesta el corazón, se queda hueco

El final queda abierto

Es el que más puede frustrar al lector, hay que elegirlo y ejecutarlo con sumo cuidado.

  • la muerte solo puede ser sicológica, porque si fuera física eso ya sería un final
  • la última batalla no tiene ganador claro
  • sin embargo se puede sugerir una cierta trayectoria
  • se necesita una FRASE FINAL MEMORABLE

Los mínimos estructurales en una narración

Sigo leyendo The last fifty pages un librito breve pero plagado de recomendaciones y en un inglés muy fácil de seguir y del que ya hice un artículo la semana pasada.

Como indica su título, explica unos cuantos trucos para hacer un buen final, pero insiste en que al desenlace solo se llega a través de un planteamiento y un nudo bien llevados. Me hizo mucha gracia su regla nemotécnica para una trama básica, a la que denomina el Sistema LOCK, y que se basa en un sencillo y casi escolar acróstico:

  • L de LEAD o Protagonista de la historia
  • O de OBJETIVO, que es la motivación, la búsqueda, lo que le lleva a actuar, vivir, moverse…
  • C de CONFRONTACIÓN o lucha (física o moral) contra enemigos (individuales o en grupo)
  • K de FINAL KNOCK-OUT desenlace sorprendente

No voy a rebatir yo esos mínimos: que es necesario un personaje, que algo le saque de su zona de confort y le haga actuar y que encuentre obstáculos por el camino es el abc de cualquier relato, largo o breve, serio o cómico, infantil o para adultos. Tampoco discutiré la idea de que el final debe ser sorprendente. Valga de ejemplo el de los chistes. Por más que se esfuerce uno en empezarlos con detalle, la magia está en contar bien el desenlace. Y todos somos conscientes de que hay que ir tendiendo ciertos hilos en los previos para que el final sea el deseado, para contar bien ese final que nos hace estallar en carcajadas.

El protagonista es presentado en el acto I y empujado a través de un portal de no retorno (ya no puede volver a ser el mismo o regresar a su vida de antes). No le queda más remedio que avanzar hacia los enfrentamientos del acto II, donde se topará con enemigos (reales o emocionales) y una lucha a vida o muerte (aunque sea metafórica). Para que un acto III sea interesante y verosímil, ese acto II debería haber trabajado :

  • Escenas de lucha (las grandes fuerzas que se oponen al prota), aunque puedan ser interiores.
  • Momentos de total oscuridad, en los que parece que todo está perdido y el personaje no tiene ninguna esperanza.
  • Un giro emocional, que de pronto dota al protagonista del coraje suficiente para luchar o para elegir la opción correcta. Algo tipo «Usa la fuerza» en LGDLGalaxias.

Con eso el personaje podrá dar el salto al último acto, donde tendrá su batalla final y una transformación que lo convertirá en alguien muy diferente del que empezó la historia.