Por qué la docencia

Enseñar es transformar, llegar a los corazones y dejar huellas. Además, enseñando se está aprendiendo siempre.
Enseñar Lengua es una tarea importantísima, ya que el idioma conforma el pensamiento. La claridad mental requiere palabras precisas y resulta muy emocionante ver cómo los alumnos progresan en ese sentido.
Enseñar Literatura es abrir los ojos y el corazón a los sentimientos e ideas de todos los tiempos. También a nuevos mundos en los que vivir mil vidas. O hacerlas vivir a otros si se escribe.
ÚLTIMOS APUNTES

¿Lechuza o alondra?
En la entrada anterior comentaba que escribo mejor cuando no tengo presión externa, que no necesito que nada me marque ritmos, pero que para gustos están los colores y lo que me viene bien a mí no es la panacea universal. En ese sentido de diversidad hay otra variable que siempre me ha interesado mucho: la división entre personas nocturas y diurnas.
Justo me topé con un artículo al respecto el viernes pasado y he estado investigando desde entonces por algunas otras páginas. Nada muy serio, solo para corroborar denominaciones (madrugadores y trasnochadores, por ejemplo), o símiles animales (buhos o lechuzas para los nocturnos, gallinas y alondras para los diurnos, aunque hay algunas clasificaciones más sofisticadas que ya no me convencen tanto).
Personalmente soy madrugadora y rindo mucho más por las mañanas. Por las tardes voy ya a medio gas y necesito irme pronto a la cama y dormir las primeras horas de la noche con profundidad. Si hay que hacer guardias, me viene fatal partir el sueño, porque no me vuelvo a dormir, así que me pido siempre la última; si es que se puede, claro.
Dicen los entendidos que ser de una u otra variante es cuestión de entorno y de genética. Mi propia experiencia de seis hermanos viviendo en la misma casa y cumpliendo las mismas rutinas pero diametralmente opuestos me llevó a deducir que la herencia biológica es lo que pesa más. A lo largo del tiempo seguí corroborando la tesis con mis hijos y con amigos que quisieron compartir conmigo sus impresiones al respecto.
Venga, mamá, si es prontísimo, mi cerebro no empieza funcionar hasta las diez por lo menos, y comprendía que uno de mis niños no era gallináceo como yo, sino búho como su padre. Pero, profe, ¿cómo puedes dar clase a las ocho de la mañana tan despierta y tan animada? Me decía alguno de mis alumnos claramente trasnochador. Y así empezábamos un debate sobre la importancia de reflexionar sobre el estilo de cada uno para saber cuándo y cómo rendir más.
Por eso, vuelvo al socrático conócete a ti mismo. Es absurdo que alguien matutino se empeñe en ponerse a estudiar a las doce de la noche. De la misma manera que no lleva a ninguna parte que un noctámbulo pretenda levantarse a las cinco para repasar el examen de las ocho. Si eres alondra, mejor todo por las mañanitas; si eres lechuza, decántate por las tardes y noches.
Finalmente, cuando es inevitable, cuando no hay más remedio que trabajar en el horario poco propicio, lo mejor es asumirlo con unas dosis de entrenamiento y un poco de disciplina. ¿Cómo te va a ti en esas circunstancias? ¿Qué es lo que más te cuesta?
Por fin he terminado

Tres semanas después de quejarme de que no conseguía ponerle un cierre a mi novela, lo he conseguido. Ya está finiquitado el primer borrador. Y habrá algunos más, me temo.
Porque esto de escribir no es tan sencillo como venga, ya acabé. Y mucho menos cuando se trata de un texto largo. Han sido muchos meses de trabajo y a lo largo de tanto tiempo van cambiando el estilo, algunas intenciones y hasta la perspectiva. Revisarlo todo es fundamental para no caer en la incoherencia. Ya le he dado un par de vueltas y le dejaré unos días de margen para volver a retomar las revisiones cuando me haya alejado lo suficiente como para ser autocrítica otra vez.
Los bloqueos, como el que sufrí hace tres semanas, se suelen solventar así, tomando distancia. Otra posibilidad es hacer un paréntesis empezando el diseño de otro proyecto. En mi caso particular, a mí me vino bien salir de viaje. De hecho, de los veinte días trancurridos desde mis primeras quejas, la mitad estuve fuera, totalmente desconectada de lo cotidiano y, por supuesto, de la dichosa historia que tenía que cerrar. A la vuelta, en apenas tres, he logrado escribir el desenlace con una fluidez nueva.
Pero lejos de mí pontificar sobre el asunto. Cada persona es un mundo y a cada uno le va bien lo que mejor encaje con su forma de ser. Yo no soy de los que se crecen con la presión, por ejemplo. Como digo siempre medio en broma, lo mío es todo lo contrario a una máquina de vapor. Pero hay quien necesita sentirse espoleado por fechas y límites para rendir con más rapidez y eficacia. Lo interesante es reflexionar sobre el estilo creativo de uno mismo y utilizar ese conocimiento con astucia.
¿Tú como eres? ¿Prefieres que te marquen los ritmos o te agobias si te empujan?
¿Complemento directo o de régimen?

Al redactar el título del artículo anterior me surgió la duda. ¿Qué debía escribir: la realidad supera la ficción (complemento directo) o la realidad supera a la ficción (posible complemento de régimen)?
Estuve un rato reflexionando. Qué curioso, si usaba a su lado un régimen (superar en algo) se me hacía necesaria la preposición a (a la ficción), sin embargo, en los dos casos la ficción siempre sería complemento directo, porque acepta la prueba de pasiva (la ficción es superada) y la pronominalización (la supera).
¿Pero y si es que cuando se usa la preposición a con este verbo estamos ante un régimen? Porque la verdad es que los límites entre ese complemento y el directo son a menudo muy finos. ¿Hay diferencia semántica entre superar algo y superar a algo? ¿Se puede usar superar a como verbo que precisa un régimen si no se incluye el otro ya citado, si no se explicita en qué se consigue esa superación? Porque, está claro, si se usan ambos complementos, entonces a introduce un directo.
En estas dudas filológicas echo en falta a mis compañeros de trabajo: este asunto daría para una charla durante el café de la mañana. Así que desde aquí os invoco a todos los que os sintáis llamados a la tertulia lingüística, ¿que os parece la realidad supera a la ficción, directo o regido?
La cruda realidad supera a la ficción literaria

Una noticia de estos días me lleva hasta Vicente Blasco Ibáñez y su novela Cañas y Barro. Se trata de uno de esos textos naturalistas de finales del XIX, este ya a principios del XX, que se ponen de ejemplo en las clases de Literatura.
El Naturalismo es una evolución del Realismo que elige personajes, situaciones o temas especialmente duros. También suele llevar implícita la critica social de comunidades llenas de prejuicios o de instituciones inhumanas. Por supuesto, abundan las situaciones paradójicas, los comportamientos hipócritas y las falsedades y traiciones de todo tipo.
Pero, bueno, a lo que iba, la noticia dantesca de un padre menor de edad arrojando al agua a su propio hijo recién nacido, tras haber sido el partero de su pareja, también menor, y con un embarazo mantenido en secreto supera a la ficción novelesca. Muy de lejos.
Recuerdo haber contado a mis alumnos el final de la novela ya citada, (que narra algo parecido, aunque sus protagonistas no sean menores), y cómo reaccionaron al respecto. Muchas generaciones de estudiantes que me decían que aquel cierre era exagerado, impensable, inverosímil, que solo se entendía como la sobreactuación de un autor naturalista irredimible. Y resulta que la realidad de un suceso del siglo XXI en nuestra supuesta sociedad avanzada y libérrima es aún más cruel.
Por supuesto que Blasco Ibáñez pudo haberse basado en hechos auténticos, por supuesto que pudo también haberlos fantaseado todos. En común tienen el intento desesperado de ocultar un embarazo. Por presiones sociales, siempre y en ambas historias. Por no perder una herencia, el maldito afán económico, además, en la novela. Por inmadurez y desesperación, supongo, en nuestros jóvenes protagonistas reales.
Es la naturaleza humana retratada la que me impacta en las dos situaciones. Esa capacidad que tenemos de lo mejor, que no es el caso esta vez, y lo peor. Ay, qué tremenda nuestra naturaleza humana.
Por qué la escritura


