
Me tomé unos días de vacaciones caseras, la Semana santa que no hemos podido disfrutar en el exterior. Vuelvo ahora a escribir unas líneas en esta bitácora, aunque no he perdido el hábito narrativo, porque sigo avanzando en otros frentes.
Cuento treinta y seis días de confinamiento. Cinco semanas. Parece un siglo. He desarrollado estrategias para hacer rutinas, ejercicio físico e intelectual. Mantengo el ánimo. Tengo a mi disposición todo tipo de actividades online. Esta cuarentena podría ser de lo más productiva, me digo. Pero lo cierto es que sigue sin cundirme. Desde luego, no como acostumbraba.
Lo tengo asumido. Va a ser así.
Continúo apuntando mis días, intentando vivirlos con consciencia, aunque todos se parecen y confunden. Y la extrañeza no solo la produce este encierro. Viene de más atrás, de hace unos pocos meses, cuando me jubilé. Había esperando mucho el momento, lo disfruté a tope. Y, sin embargo, qué raro y ajeno me parece todo ahora. Han pasado demasiadas cosas este último año, de esas que desconciertan:
La publicación del libro de Rodrigo, las presentaciones, la Feria del Libro de Madrid, la última Selectividad (EvAU), el fin de curso, mis últimas clases y la despedida de la vida docente, las vacaciones en León y en Asturias, la participación en la Semana Negra, la enfermedad inesperada y terrible de Javier, mis clases de Costura, Photoshop y Narrativa, el viaje a Portugal, el suspendido a Venecia por la muerte de Javier, la dura Navidad posterior con su ausencia, el viaje a Sevilla, las tres presentaciones en Asturias, la emotiva visita a Belfast y luego, de pronto, el aniversario del 11M más raro e impensable, por una pandemia mundial que trae de la mano este largo confinamiento.
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