
«Dinos dónde estás y vamos a buscarte» en Avilés




Me despierto temprano como cada día, pero en los últimos además, me acompaña un runrún de ansiedad demasiado conocido. Ya está presente en mi vida el odioso efecto aniversario. De aquí al once maldito tendré que echar mano de las tisanas mientras sean eficaces, y de las pildoritas de hierbas de farmacia luego, y de la química que receta el médico si finalmente no consigo acallarla.
Cada año encuentro actividades para engatusar la angustia y mantener mi mente concentrada en otra cosa. No me sirve razonar conmigo misma que eso de organizar el tiempo en horas, días, meses y años es una construcción humana, que es ilógico que me afecten más unos momentos que otros, que no deberían dolerme tanto los aniversarios.
Pero lo hacen.
Aunque este sea el decimosexto.
Y no puedo esconderme tras artículos sobre literatura, o gramática, o usos lingüísticos. Me toca escribir aquí lo que hago a escondidas en otros cuadernos vitales. Que me falta Rodrigo. Que nos lo robaron unos canallas asesinos y hemos tenido que reconstruir nuestras vidas sin él. Y que a veces hasta podemos pasar por una familia corriente. Pero no. Que éramos cuatro y desde hace dieciséis años somos tres.
Durante quince cursos he tenido mucho que corregir y preparar. Este 2020 acallo el dolor y el miedo escribiendo. O haciendo presentaciones (gracias, Moncho, de corazón).
También tendremos que ir a actos institucionales que nos agotan emocionalmente, que nos sacan de nuestra zona de confort pero consideramos indispensables para mantener la memoria de lo sucedido. Y para devolver el afecto que se nos muestra.
Y por alguna extraña razón, el día 12 y los siguientes estaremos exhaustos pero libres de esa losa de dolor colgada del cuello, de los malos recuerdos recurrentes, del malestar físico, del insomnio. Tendremos todo un año por delante para recomponer el alma, y la fachada exterior de normalidad, y la sonrisa educadita.
Volveré cuando pueda con mis artículos de filóloga y de escritora. En estos tiempos me quedo en mi rincón de madre dolorida que llora a su hijo ausente.

Llevo unos días viendo una serie que me desconcierta. Tiene muchos seguidores, pero me provoca rechazo por los continuos cambios ilógicos en el carácter de los personajes. Y por lo manido (y a veces inverosímil) de la trama.
Y como sería pretencioso suponer que esas discordancias solo las veo yo, deduzco, entonces, que sus muchos fans aceptan tales inconvenientes a cambio de otra cosa que consideran de mayor calado.
Supongo que entre los espectadores que la aclaman prima la búsqueda de un cierto tipo de entretenimiento ligero. Uno, desde luego, no muy exigente en cuanto a estructura y a coherencia. Uno con el que buscan desconectar, liberarse de problemas.
En realidad también a mí me está pasando que no me la tomo muy en serio y la veo con poca atención, revisando el móvil, o hasta echando una siesta.
Hay cosas que me gustan, como el atrezzo (en especial vestimenta, localizaciones y mobiliario). Además, la intriga me atrapa a veces. Y aunque suelo acertar en las predicciones, porque la trama está llena de tópicos, la tensión dramática está bien planteada y me empuja a continuar viéndola.
Sigo haciendo suposiciones y me planteo que sus seguidores conocen esos tópicos, que son conscientes de que se repiten (como en otras muchas otras historias románticas, o mejor, así la clasificaría yo, chik-lit) y no les importa. Que es eso lo que buscan: que les cuenten lo que ya saben pero les encanta volver a leer, o, en este caso, visionar.
Yo me había acercado a la serie creyendo que era una trama de época. Española, sí, pero imaginaba que pudiera ser un poco Downton Abbey, que, vale, es una joya. Y menudo chasco.
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