¿Lechuza o alondra?

En la entrada anterior comentaba que escribo mejor cuando no tengo presión externa, que no necesito que nada me marque ritmos, pero que para gustos están los colores y lo que me viene bien a mí no es la panacea universal. En ese sentido de diversidad hay otra variable que siempre me ha interesado mucho: la división entre personas nocturas y diurnas.

Justo me topé con un artículo al respecto el viernes pasado y he estado investigando desde entonces por algunas otras páginas. Nada muy serio, solo para corroborar denominaciones (madrugadores y trasnochadores, por ejemplo), o símiles animales (buhos o lechuzas para los nocturnos, gallinas y alondras para los diurnos, aunque hay algunas clasificaciones más sofisticadas que ya no me convencen tanto).

Personalmente soy madrugadora y rindo mucho más por las mañanas. Por las tardes voy ya a medio gas y necesito irme pronto a la cama y dormir las primeras horas de la noche con profundidad. Si hay que hacer guardias, me viene fatal partir el sueño, porque no me vuelvo a dormir, así que me pido siempre la última; si es que se puede, claro.

Dicen los entendidos que ser de una u otra variante es cuestión de entorno y de genética. Mi propia experiencia de seis hermanos viviendo en la misma casa y cumpliendo las mismas rutinas pero diametralmente opuestos me llevó a deducir que la herencia biológica es lo que pesa más. A lo largo del tiempo seguí corroborando la tesis con mis hijos y con amigos que quisieron compartir conmigo sus impresiones al respecto.

Venga, mamá, si es prontísimo, mi cerebro no empieza funcionar hasta las diez por lo menos, y comprendía que uno de mis niños no era gallináceo como yo, sino búho como su padre. Pero, profe, ¿cómo puedes dar clase a las ocho de la mañana tan despierta y tan animada? Me decía alguno de mis alumnos claramente trasnochador. Y así empezábamos un debate sobre la importancia de reflexionar sobre el estilo de cada uno para saber cuándo y cómo rendir más.

Por eso, vuelvo al socrático conócete a ti mismo. Es absurdo que alguien matutino se empeñe en ponerse a estudiar a las doce de la noche. De la misma manera que no lleva a ninguna parte que un noctámbulo pretenda levantarse a las cinco para repasar el examen de las ocho. Si eres alondra, mejor todo por las mañanitas; si eres lechuza, decántate por las tardes y noches.

Finalmente, cuando es inevitable, cuando no hay más remedio que trabajar en el horario poco propicio, lo mejor es asumirlo con unas dosis de entrenamiento y un poco de disciplina. ¿Cómo te va a ti en esas circunstancias? ¿Qué es lo que más te cuesta?

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