Leer para entretenerse: La villa de las telas.

Esta última semana he leído una trilogía de novelas. Un bestseller (a mi humilde parecer mediocre), pero que ha conseguido distraerme y tenerme bastante entretenida: La villa de las telas (y sus dos secuelas) de Anne Jacob. Es una cierta imitación de Downton Abbey, ambientada en la Alemania de la I Guerra Mundial, entre 1914 y 1925. Se publicó en 2014, 2015 y 2019.

Las tres novelas muestran una familia más industrial y burguesa que noble, con menos líos y más previsibles que la serie imitada. En todo caso resulta bastante blanca, mullida y convencional. Por supuesto narra en paralelo la vida de los señores y de la servidumbre, con cocinera de carácter, ama de llaves, lacayo, ayudante de cocina, doncellas y jardinero. Nada nuevo, excepto que no son británicos sino alemanes.

Las tres novelas tienen un fondo romántico soso, chiklit, de mujeres con cierta tendencia a un empoderamiento discreto. Madre y dos hermanas, como la serie británica, y una cuñada procedente de un orfanato hacen el elenco femenino. Todas sus cuitas son siempre amorosas, que escandalizan a la sociedad puritana de provincia en la que viven, pero poca cosa para la mentalidad actual. Padre e hijo basculan entre los problemas conyugales y los de dirigir una empresa que los absorbe demasiado. Solo durante la guerra las mujeres asumen algunas obligaciones de gestión masculina, que pierden en cuanto los hombres regresan del frente.

Como tantas trilogías últimamente, lo interesante y de cierta originalidad está en la primera novela. Al menos tiene carga narrativa, aunque sea tópica, con un amor imposible, el estallido de la I guerra mundial y sus consecuencias sociales y personales. La segunda novela aprovecha que los personajes y el ambiente podían dar de sí un poco más para añadir dos o tres conflictos muy parecidos. Pero ya la tercera tiene que tirar de los niños hijos de los protagonistas y hasta de una leve trama negra para rellenar páginas. Se la podía haber ahorrado y haberse quedado en la segunda.

El final, casi anodino, es al estilo de la comedia del siglo de oro, ubicando a cada oveja con su pareja y haciéndonos intuir que los años siguientes hubo más de lo mismo, una cotidianidad aún más simplona y feliz que ya no se merece ser reseñada.

El estilo es sobrio, fácil de seguir, aunque abusa tanto de las descripciones que las más pesadas me las salté, como en la infancia. La autora describe ambientes (urbanos o rurales, las diferentes casas, la villa que da título a la obra, la fábrica de telas, la maquinaria, el sistema de producción y hasta los dibujos de las telas). También la naturaleza circundante (cambios de estación, los jardines de la villa), costumbres tradicionales varias con un amplio catálogo de las comidas alemanas en fiestas y a diario. Y no se olvida de peinados y vestimenta. Asimismo hay capítulos para la guerra, las batallas y las cartas que van y vienen del frente. Total, que dedica demasiadas páginas a esas cuestiones, sin conseguir, lamentablemente, hacer una buena pintura de la época.

A mí, desde luego, me pareció más de lo mismo. Nada que no hubiera leído antes, o visto en pelis, o en series. Creo que lo único que me resultó original fueron las largas explicaciones sobre los platos tradicionales alemanes, que parecían gustarle mucho no solo a los personajes sino a la narradora.

Finalmente, en cuanto a la traducción, no me pareció mala, aunque se le colaron algunos laísmos (no muchos) y las típicas cacofonías saltaban por todas partes con sus rimillas incómodas.

No es algo que volvería a leer, no es una obra de culto, pero la trama conseguía atraparme bastante a menudo. Le agradezco que me ayudara a evadirme en medio de este confinamiento.

Día del Libro 2020

El 23 de abril es una fecha estupenda para recordar a Cervantes y El Quijote.

Para ello he elegido un fragmento del capítulo VII de la primera parte. Se trata de un episodio que se considera esencial en la creación del personaje. También en el uso de la verosimilitud como técnica novelesca, un artificio que cientos de autores han valorado e intentado emular después.

Cervantes quiso hacer creíble a su protagonista. Y lo hizo tan bien, que mucha gente piensa que don Quijote realmente existió. De niña, por cierto, yo también lo creía.

Dicen los críticos que Cervantes tuvo un pariente con problemas psiquiátricos. Y que por eso supo describir con veracidad los síntomas, tanto en El licenciado vidriera (una de las Novelas Ejemplares), como en El Quijote. Estudios de psicólogos y médicos de prestigio abundan en la idea de que el pobre Caballero de la Triste Figura era un paranoico (bueno, creo que últimamente a esos síntomas se los denomina trastorno delirante). Y en que por eso se obsesionaba y perdía el sentido de la realidad. Por su enfermedad se creía las fabulaciones caballerescas, pero en cambio razonaba impecablemente en cualquier otra circunstancia.

En el susodicho episodio, don Quijote ha vuelto magullado después de su primera salida y sus amigos y parientes intentan evitar que vuelva a hacerlo quemando sus libros. Mandan incluso tapiar la entrada a su biblioteca. Luego fingen que un mago encantador se la llevó volando por los aires.

Pero resultó peor el remedio que la enfermedad. Porque una vez que el hidalgo comprobó que verdaderamente sus libros y el cuartito ya no estaban, tuvo una razón para creer en la magia. Y con ella intentó de allí en adelante adecuar las circunstancias extrañas con las que se iba encontrando. Todo lo atribuyó a las malas artes de ese mago enemigo suyo. Por eso no le extrañaba que los gigantes se transformasen en molinos, o los ejércitos en ovejas.

Así sucedió que, intentando ayudarle, sus amigos solo le dieron alas para seguir saliendo de casa a buscar aventuras.

Hoy es buen día y buena ocasión para releer nuestra novela más universal, aunque solo sea un fragmento, ¿no os parece?