Diario de Castilla La Mancha 11M 2019

Aún hay quien mantiene la «mentira institucional» más grande de la historia

El mayor atentado sufrido en Madrid ocurrió en plena campaña electoral y tras unos meses de la decisión de Aznar de ocupar Irak. El Gobierno del Partido Popular sabía la verdad, pero prefirió mentir para conseguir más votos.

Hace quince años Rodrigo tenía 20, estudiaba ingeniería informática y esperaba el tren que le llevaba a la universidad mientras su madre, Marisol, escuchaba la radio en casa. Al oír las noticias corrió a escribir un mensaje a su hijo «Dinos dónde estás que vamos a por ti”. Un mensaje que nunca tuvo respuesta y que se convirtió en el título de un libro, donde Marisol Pérez Urbano cuenta a su hijo, todo lo que ese día ya no le pudo contar. Esta es una de las 192 historias que quedaron rotas la mañana del 11 de marzo de 2004 en los trenes de Madrid. Quedaban pocas horas para las elecciones y hacía unos meses que Aznar había decidido ocupar Irak, desoyendo los gritos que clamaban en las calles en contra de la guerra. 

Transcurridas algo más de cuatro horas, alrededor de las 12.00 de la mañana, el entonces presidente del Gobierno, José María Aznar, llamó a los directores de los medios de comunicación para informarles que los atentados habían sido obra de ETA. Estábamos en plena campaña electoral y las bombas podían perjudicar el resultado de las urnas. Poco después a las cinco de la tarde el ministro de Asuntos Exteriores envió un telegrama a los embajadores confirmando que el atentado había sido obra de la banda terrorista ETA. Acebes y Zaplana, ambos ministros en ese momento, afirmaron en todas las declaraciones públicas que había sido ETA. Pero desde las 3 de la tarde los técnicos, expertos y autoridades ya sabían que no había sido ETA, sino el terrorismo yihadista. 

Desde entonces y durante mucho tiempo el Partido Popular, siguió insistiendo en las mochilas y en ETA. Esperanza Aguirre aún lo mantiene. Telemadrid, La Cope y el Mundo siguieron señalando a ETA y llegaron incluso a acusar a los miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado de participar en una trama para culpar al yihadismo. Nunca antes los españoles habían sido testigos de una mentira tan insistente, tan poco creíble, tan multitudinaria y tan institucional. 

Algunos de los autores de tan macabro crimen, cumplen condena en las cárceles españolas, algunos de ellos intentando incluso conseguir adeptos entre los presidiarios para la causa. Entre ellos están repartidos por la geografía nacional:  Rachid Aglif (alias El Conejo) en  Castellón, Abdelmjid Boucher en la Coruña, Jamal Zougam en Madrid, Hassab el Haski en Alicante, Mohamed Bouharrat en Valladolid, Trashorras en Pontevedra, ¿dónde están los apellidos vascos?

Hoy recordamos con tristeza un día aciago que marcó nuestras vidas. Que trajo el miedo a los paquetes abandonados; que nos hizo mirar de reojo determinados comportamientos o a quien pronuncia palabras en tono alto y en idioma desconocido. Pero ese día aprendimos que la solidaridad existe. Fue ejemplar la colaboración y la autenticidad de sentimientos entre los ciudadanos que se colocaron muy lejos de la política y los políticos de aquel momento, que seguían jugando a conseguir votos entre noticias de muertos y heridos. La ciudadanía fue mucho más allá de los números: 13 bombas de las que explotaron 10, 1997 víctimas, 192 muertos y un sin fin de corazones rotos.   

Aquel día, mientras los artificieros y la policía hacían su trabajo en los andenes a última hora de la tarde, el silencio era sepulcral. Uno de los testigos de la escena, en su recuerdo a este Día Europeo de las Víctimas del Terrorismo relataba cómo lo más impresionante del momento vivido, el dolor que más se marcó en su corazón, fue el sonido insistente de los teléfonos móviles de los muertos, que una vez agotadas sus baterías  engendraban un silencio aún mayor a ambos lados de la línea telefónica. 

P. Moratilla 



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