Cinco semanas confinados

La camelia y sus flores este año

Me tomé unos días de vacaciones caseras, la Semana santa que no hemos podido disfrutar en el exterior. Vuelvo ahora a escribir unas líneas en esta bitácora, aunque no he perdido el hábito narrativo, porque sigo avanzando en otros frentes.

Cuento treinta y seis días de confinamiento. Cinco semanas. Parece un siglo. He desarrollado estrategias para hacer rutinas, ejercicio físico e intelectual. Mantengo el ánimo. Tengo a mi disposición todo tipo de actividades online. Esta cuarentena podría ser de lo más productiva, me digo. Pero lo cierto es que sigue sin cundirme. Desde luego, no como acostumbraba.

Lo tengo asumido. Va a ser así.

Continúo apuntando mis días, intentando vivirlos con consciencia, aunque todos se parecen y confunden. Y la extrañeza no solo la produce este encierro. Viene de más atrás, de hace unos pocos meses, cuando me jubilé. Había esperando mucho el momento, lo disfruté a tope. Y, sin embargo, qué raro y ajeno me parece todo ahora. Han pasado demasiadas cosas este último año, de esas que desconciertan:

La publicación del libro de Rodrigo, las presentaciones, la Feria del Libro de Madrid, la última Selectividad (EvAU), el fin de curso, mis últimas clases y la despedida de la vida docente, las vacaciones en León y en Asturias, la participación en la Semana Negra, la enfermedad inesperada y terrible de Javier, mis clases de Costura, Photoshop y Narrativa, el viaje a Portugal, el suspendido a Venecia por la muerte de Javier, la dura Navidad posterior con su ausencia, el viaje a Sevilla, las tres presentaciones en Asturias, la emotiva visita a Belfast y luego, de pronto, el aniversario del 11M más raro e impensable, por una pandemia mundial que trae de la mano este largo confinamiento.

Me asaltan emociones contradictorias. De repente siento que he renunciado demasiado pronto a mi plaza de profesora y a mi instituto, ahora que por fin estaba cerca de casa. Especialmente porque no me gusta sentir que he dejado de ser productiva en momentos como los que ahora pasamos. Pero a la vez me alegro de no tener obligaciones, de no estar teletrabajando, pues todavía arrastro el estrés y el cansancio de treinta y ocho años de docencia y me costaría realmente ser eficaz. Es una marea de sensaciones extrañas, que solo muestran que a los cambios hay que adaptarse despacio. Que han sido demasiados. Y que este parón repentino descoloca mucho.

Así que escribo. Despacio, pero escribo. Me acerco a las 18.000 palabras de mi segundo proyecto novelesco. Tengo nueve títulos en solfa, pero ninguno me gusta, por lo que sigo nombrándolo Proyecto 2. Es una novela de corte realista social, ambientada en un barrio obrero madrileño en 1972-73. Un intento de rescatar la memoria de esos tiempos y un homenaje a los barrios en donde crecí, aunque no sea en realidad ninguno de ellos.

Leo las noticias, me mantengo al día de los avances y retrocesos de la pandemia. Navego por las redes sociales, hablo por teléfono, bailo y me ejercito físicamente, leo, juego mis games preferidos… Pero solo cuando escribo olvido la angustia, los enfrentamientos políticos, las estadísticas de muertes e infectados, el dolor de las separaciones y de las ausencias, la falta de libertad. La escritura es mi terapia. No cabe ninguna duda.

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