Tres semanas de encierro

Pasan los días y no se me ocurre nada que contar aquí, he perdido el hábito de un artículo cada viernes. Tengo una novela terminada y no sé qué hacer con ella. Entre el síndrome de impostor que me hace dudar de su valía y las circunstancias que vivimos, se ha quedado ahí, tristona, esperando nuevos tiempos.

No me gusta quedarme quieta, ni perder el pulso narrador, así que voy escribiendo otra. La pobre avanza muy despacio. Repaso mucho, recapacito, encuentro errores, los soluciono… Pero a ratos me agobia. Me parece que se ha convertido en una obligación cada vez más pesada y empiezo a sentir deseos de librarme de ella. Sobre todo porque con lo que está pasando es una insensatez dedicarse a futilidades inútiles. Incluso me digo que debería darme vergüenza.

Sin embargo, no me dejo engañar por la desidia y el malestar de los confinamientos. Si lo hiciera, entonces, ¿a qué dedicaría las horas? Si esto no me cunde, ¿hay otro campo en el que ser más eficiente? ¿Existe alguna otra actividad que eche de menos y no hago por culpa de la escritura? Preparar vídeos con presentaciones didácticas, me digo a mí misma. O pintar al óleo. O coser. Ya. ¿Seguro? ¿Y por qué ni siquiera lo intento?, ¿en qué se me van las mañanas?, ¿y las tardes?

Es lo más llamativo de estas últimas jornadas, que cuanto menos hago, menos me apetece. ¿De verdad? Reviso lo que hice el día de ayer para comprobarlo:

  • Leer el periódico
  • Escribir y mantener las bitácoras
  • Continuar la novela
  • Domesticidades varias
  • Ver unos episodios con mi marido y compañero de encierro
  • Charlar con él
  • Redes sociales, vídeos, contacto con otros
  • Más domesticidades

Y compruebo que tampoco es que haya estado mano sobre mano. Puede que ya no sea tan eficaz, pero tampoco es cosa de prohibirme a mí misma todo divertimento. Creo que las horas productivas van menguando porque el encierro embrutece. Me temo que nuestra tendencia a entretenernos es instintiva, que sirve para olvidar lo que pasa y está ahí, a punto de aterrorizarnos.

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Ir a la compra una vez a la semana

Desde hace años es mi costumbre ir a la compra los martes. Cuando aún estaba en activo lo hacía al salir del trabajo, alrededor de las tres. Este curso, que ya no tengo obligaciones, voy tempranito, nada más abrir, a las nueve de la mañana. A primera hora es cuando me viene bien, no solo porque soy madrugadora, es que me gusta disfrutar de los espacios con poquito público. He seguido mi costumbre incluso en medio de esta crisis sanitaria, pero lo usual ha dejado de serlo. Hoy quiero contar cómo han evolucionado las cosas en las tres últimas ocasiones que he acudido al híper de mi barrio.

El martes de 10 de marzo todavía no se había decretado la reclusión, pero sí se acababa de anunciar que el miércoles 11 cerrarían los colegios. Era el momento del pánico. No por mi parte, desde luego, aunque sí pude verlo en muchos compradores compulsivos a mi alrededor. Lo primero sorprendente fue que había más de cincuenta personas esperando a la entrada y que se lanzaron como locos cuando se abrieron las puertas. Yo llenaba mi carro con los productos frescos de siempre mientras otros se llevaban cosas que a mí me parecían rarísimas, como muchos rollos de papel higiénico.

Me asombraba que no hicieran acopio de latas, legumbres, pasta o arroz. Tampoco que no se llevasen platos preparados o embutidos. En fin, además de lo acostumbrado, yo añadí lo que me pareció que podía enriquecer mi despensa normalmente bien surtida: frutos secos, salsas, pan en tostadas y leche en polvo. Y tuve comida suficiente para no tener que ir de nuevo hasta la semana siguiente.

El martes 17 de marzo, ya en activo el estado de alarma, me afectó ver las calles tan solitarias de personas y tan llenas de vehículos aparcados. Esa era la primera diferencia. Yo estaba recluida desde el sábado y no había pulsado la nueva vida de mi ciudad. Conduje el coche hasta el supermercado sin encontrarme a nadie por el camino. No sabía cómo podría estar el asunto, había visto en los informativos que el fin de semana los clientes habían arrasado con casi todo. Para mi sorpresa el aparcamiento tenía muchas plazas libres. Bien.

Evité acudir justo en la apertura, serían las nueve y cinco. Comprobé que había más personal de seguridad y muchísimos reponedores, algunos, no todos, con mascarillas. Poca clientela, poca cola (solo una persona delante para pagar) y una cajera irascible, sin ningún tipo de protección, que se quejaba de que por necesidades de servicio estaba ocupando un puesto que no le correspondía. Comentaba también que el fin de semana había sido una batalla campal contra clientes maleducados y violentos.

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Cuídate de los idus de marzo

Ha pasado una semana desde la fecha fatídica del día once y su efecto aniversario. Otras veces necesité este tiempo para volver a una rutina que ahora, sin embargo, es imposible. Se ha decretado el estado de alarma por el coronavirus. Estamos recluidos en nuestros domicilios. Nada ayuda a volver a la realidad si se ha roto para todos.

Los idus de marzo no nos fueron propicios en 2004, tampoco este año. Oigo que lo peor está por llegar y me alarmo en exceso, esa es mi secuela, la de agobiarme enseguida. Me impongo ejercicios físicos, mantengo los horarios y actividades que puedo hacer en casa, leo, escribo, coso, cocino, veo series o pelis, me muevo por las redes sociales… No me cunde el tiempo. Parece que va a dar para todo y se me ha pasado media mañana. ¿Hasta recluida en mi casa voy a seguir estando estresada? Nada calma del todo mi ansiedad. Dar paseos, que me ayudaba mucho, está prohibido. Debería volver a la meditación/relajación. ¿Por qué no ahora mismo? Respiro hondo.

Me planteo hacer algo por los demás, como los sanitarios están peleando por todos. Y solo se me ocurre crear vídeos de ayuda didáctica en mi asignatura. Tengo algunos planeados, pero los llevo posponiendo meses, porque no me alcanza la técnica para algo de calidad. Ahora pienso que en esta situación de cuarentena debería bajar mis expectativas de montaje y medios. Algo sencillo sería suficiente para para verificar si sirven para algo. Y para probarme a mí misma.

Nada de lo que escribo, aquí o en otros lugares, me convence. Me muevo entre sensaciones de inconsistencia, ganas de recuperar el equilibrio y la impresión de que cualquier cosa ajena a los enfermos y fallecidos es una frivolidad imperdonable. Han pasado más de dos semanas desde que estuvimos en Asturias y seguimos asintomáticos, con lo que está claro que allí ni infectamos ni nos infectaron. Tampoco parece que pasara nada con el dichoso virus en Irlanda del Norte, aunque aún deberíamos esperar dos días para alcanzar la quincena de la que hablan los expertos. Esa es nuestra única aportación a bajar la curva de infecciones. Y quedarnos en casa.

¿Cuántos días llevamos de reclusión? Me duele la cabeza si intento recordarlo, el ruido de una aspiradora lejana me va a volver tarumba, no escribo más. Nos seguimos leyendo. Ánimo a todos.

El diario de cuatro días en Belfast

Jueves 5 de marzo de 2020

Escribo desde un hotel en Belfast, después de tres aeropuertos y dos vuelos. Son las 22:41 de aquí, casi las doce de la noche en Madrid. Tenemos dos días intensos por delante.

Viernes 6 de marzo de 2020

Son las siete y media de España, una hora menos en Belfast. Veo que empieza a amanecer y que no todo son nubes. Vuelve a sonar el tráfico de la calle. Estamos en una habitación muy grande, con una cama doble y otra individual, almohadas y edredón de plumas y suelo enmoquetado. Espero que no me dé la alergia, parece todo muy limpio.

El vuelo de Madrid a Liverpool duró dos horas y media, pero el de allí hasta Belfast ni siquiera sesenta minutos. Lo peor, el transbordo con tres horas de espera y pasar dos inspecciones de maletas, bolsas y zapatos. Con cacheo incluido.

Aquí KD, del SEFF, nos vino a buscar al aeropuerto, nos mostró la ciudad, nos acompañó al hotel, a la misma habitación, donde nos regaló libros, folletos, insignias, DVDs… Por si fuera poco, nos hizo bajar para solo diez minutos, decía, y era la disculpa para invitarnos a cenar antes de que cerrase la cocina del hotel.

Hoy tenemos la mañana libre, que dedicaremos a ver el Museo del Ulster, y a atender a dos periodistas. Nos recogen a las tres para ir a Stormont. El evento será a las siete. Mañana nos llevan de excursión y el domingo tenemos un tour por la ciudad y luego nos llevarán al aeropuerto. Qué hospitalarios. Muy majos.

Lucho con las sensaciones de irrealidad. La inconsistencia me envuelve. Pero, mejor, así no pienso en lo cerca que está el fatídico día once.

Sábado 7 de marzo de 2020

Todo salió bien. Es un trago dar un discurso en inglés contando nuestra experiencia como víctimas del terrorismo. Supongo que he tenido fallos, pero creo que me hice entender lo suficiente. JC también dijo unas palabras. Y al final nos aplaudieron puestos en pie, más de 200 personas, me impresionó mucho.

También me quedé impactadísima con lo que contaron las víctimas norirlandesas. Sentía su pena, su rabia, su duelo no cerrado. Mi inglés no alcanzaba para comprender todas y cada una de sus palabras; ni lo que podía significar el lugar donde sucedieron los hechos, que siempre citaban y que supongo que para los de allí era una manera de saber en qué barrio estaban y quiénes habían sido los asesinos. Pero sí, al menos, me llegó para seguir el hilo de sus testimonios.

Me quedo con la impresión potente de que allí todavía está todo en carne viva y con las sensaciones de que su conflicto (the Troubles) y el del país vasco se parecen un poco más entre sí que nuestra experiencia como víctimas de yihadismo. Aun así, el dolor y la injusticia nos hermanan. Se sintieron muy tocados por nuestro testimonio. Muchos de los asistentes vinieron luego a darnos las gracias por acudir, a contarnos sus casos, a compartir la pena. De verdad que fue emocionalmente fuerte.

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