La literatura ¿es un arma cargada de futuro?

Parafraseo a Gabriel Celaya y me hago la vieja pregunta. ¿Evasión o compromiso? No me refiero a toda la literatura y todos los géneros, tampoco apelo a todos los escritores para que asuman un reto, lo que escribo es una reflexión personal sobre qué fondo quiero para lo que escribo yo.

Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse

LA POESÍA ES UN ARMA CARGADA DE FUTURO
(De «Cantos iberos», 1955)

Eso dice el poeta en su conocidísimo texto. Y yo no hago lírica, y no soy tan visceral como él, pero también creo que hay siempre una intención en lo que se escribe. Por más que uno crea o quiera lo contrario, hay un fondo ideológico en cada obra. Y no es tan fácil ser un lujo cultural neutro. Por más que se intente. Aunque muchos, vive Dios, bien que lo intentan. O dicen intentarlo. Muchas veces porque en esa supuesta neutralidad se puede vender a todo el espectro ideológico. Y perdonen ustedes que me ponga mordaz.

En los cuentos infantiles, en los juveniles, el bien vence al mal. Hay un buen rollismo estandarizado que no responde a la verdadera y cruda realidad, pero que consuela mucho. Y no estoy defendiendo que se les cargue con la crudeza de la vida, solo constato un hecho. Por supuesto que todos los cuentos tradicionales van por ese camino: por muy difíciles que se les presenten las cosas a Caperucita, o a los tres cerditos, o a la familia de los cabritillos, sus aventuras acaban bien. No lo critico. Mejor que los chicos y chicas se diviertan y aprendan valores. Pues claro que sí. Y no ironizo. En algún momento les llegarán las verdades, ojalá que sea bien tarde.

Pero en esos textos para no-adultos, edulcorados tantas veces, también hay ideas implícitas. Muchas paternalistas, o sexistas, o clasistas que alguien sin espíritu crítico se traga sin pestañear (como hicimos tantos en nuestras infancias) y que conforman la forma de entender la vida. (También pueden rastrearse en novelas para adultos. Y en películas y en series, todo hay que decirlo). Es que al final nada es inocuo.

En los libros juveniles más recientes muchos autores buscan temas transversales (anda que no he leído yo recomendaciones de ese tipo para las lecturas de los alumnos) sobre todo lo contrario: respeto, aceptación del diferente, paz, medio ambiente, salud, derechos humanos… Ideas, entonces; compromiso, entonces. Aceptémoslo. ¿Es por creencia ideológica o porque así se cubre un nicho de mercado, el de los centros educativos? No lo sé, tampoco quiero ponerme demasiado estupenda.

Hasta en los relatos más aparentemente anodinos hay un concepto vital subyacente. Esas novelas de aventuras, románticas, de fantasía, negras, que leemos sin más pretensiones que desconectar del trabajo, del estrés diario. Solo por puro divertimento. Esas también transparentan escalas de valores de los que no siempre somos conscientes y que no siempre son de esos supuestos valores positivos.

En mi vida corriente, de forma oral, me gusta contar historias divertidas, anecdotillas simpáticas, sin más intención que hacer reír. Y tengo algunos cuentos que van por ese camino. Pero en las novelas resulta que no, que pretendo un fondo crítico. Quizá sea que tengo ya unos años y necesito transmitir algo más que una mera trama. Tal vez es que soy una vieja cebolleta con ínfulas de filosofa social.

El abuelo Cebolleta, que con su enorme barba blanca y su interminable verborrea («en cierta ocasión, iba yo al frente de mis cipayos, cuando, bla, bla, bla….»), se convertiría en uno de los más recordados de los personajes de Bruguera. Obsesionado con contar batallitas, ha pasado al imaginario colectivo y a la lengua común a través de la frase hecha: «Cuentas más batallitas que el abuelo Cebolleta»

https://es.wikipedia.org/wiki/La_familia_Cebolleta

Empiezo mi tercera novela sin haber corregido la segunda. Necesito contar. Tengo una prisa que no sé si responde a mi tendencia al estrés o a la intuición de que más adelante quizás no pueda. En todo caso, escribo. Me propongo hacer las revisiones de la segunda cuando pase un tiempo, el del reposo que hay que darles a los textos para verlos con otra mirada. Mientras tanto me dedicaré a la creación nueva.

Constato que las tres novelas inciden en temas de forma recurrente: la búsqueda de redención, el afán de superviviencia, las relaciones familiares y la realización existencial. ¿Un arma cargada de futuro? Nah, poca cosa, nunca un arma. Pero sí unas ideas conscientes y críticas detrás de la trama. ¿Y por qué no?

Nuevos vídeos didácticos para análisis sintáctico

Hay fechas señalaitas que duelen de forma muy aguda. En nuestro caso, el 11 de marzo, el día de su muerte injusta e innecesaria, y el día del nacimiento de nuestro hijo. El 24 de mayo tendría que haber seguido siendo motivo de celebración, sin embargo desde su ausencia, y ya van diecisiete ocasiones, solo reaviva nuestro dolor.

Pero la vida debe continuar. Por eso he seguido trabajando y aumenté el número de vídeos didácticos en Profe, hazte youtuber.

La necesidad de localizar bien las clases de palabras para el análisis sintáctico:

Y una pequeña práctica.

Respecto a lo literario, sigo escribiendo. A punto de terminar mi segunda novela (dos o tres capítulos) y pendiente de darle una nueva vuelta al manuscrito de la primera, no me veo en afanes publicatorios. Al menos todavía.

No tengo prisa. Solo disfruto de esos momentos creativos. La escritura para mí sigue siendo terapéutica.

Día del Libro 2020

El 23 de abril es una fecha estupenda para recordar a Cervantes y El Quijote.

Para ello he elegido un fragmento del capítulo VII de la primera parte. Se trata de un episodio que se considera esencial en la creación del personaje. También en el uso de la verosimilitud como técnica novelesca, un artificio que cientos de autores han valorado e intentado emular después.

Cervantes quiso hacer creíble a su protagonista. Y lo hizo tan bien, que mucha gente piensa que don Quijote realmente existió. De niña, por cierto, yo también lo creía.

Dicen los críticos que Cervantes tuvo un pariente con problemas psiquiátricos. Y que por eso supo describir con veracidad los síntomas, tanto en El licenciado vidriera (una de las Novelas Ejemplares), como en El Quijote. Estudios de psicólogos y médicos de prestigio abundan en la idea de que el pobre Caballero de la Triste Figura era un paranoico (bueno, creo que últimamente a esos síntomas se los denomina trastorno delirante). Y en que por eso se obsesionaba y perdía el sentido de la realidad. Por su enfermedad se creía las fabulaciones caballerescas, pero en cambio razonaba impecablemente en cualquier otra circunstancia.

En el susodicho episodio, don Quijote ha vuelto magullado después de su primera salida y sus amigos y parientes intentan evitar que vuelva a hacerlo quemando sus libros. Mandan incluso tapiar la entrada a su biblioteca. Luego fingen que un mago encantador se la llevó volando por los aires.

Pero resultó peor el remedio que la enfermedad. Porque una vez que el hidalgo comprobó que verdaderamente sus libros y el cuartito ya no estaban, tuvo una razón para creer en la magia. Y con ella intentó de allí en adelante adecuar las circunstancias extrañas con las que se iba encontrando. Todo lo atribuyó a las malas artes de ese mago enemigo suyo. Por eso no le extrañaba que los gigantes se transformasen en molinos, o los ejércitos en ovejas.

Así sucedió que, intentando ayudarle, sus amigos solo le dieron alas para seguir saliendo de casa a buscar aventuras.

Hoy es buen día y buena ocasión para releer nuestra novela más universal, aunque solo sea un fragmento, ¿no os parece?

Tres semanas de encierro

Pasan los días y no se me ocurre nada que contar aquí, he perdido el hábito de un artículo cada viernes. Tengo una novela terminada y no sé qué hacer con ella. Entre el síndrome de impostor que me hace dudar de su valía y las circunstancias que vivimos, se ha quedado ahí, tristona, esperando nuevos tiempos.

No me gusta quedarme quieta, ni perder el pulso narrador, así que voy escribiendo otra. La pobre avanza muy despacio. Repaso mucho, recapacito, encuentro errores, los soluciono… Pero a ratos me agobia. Me parece que se ha convertido en una obligación cada vez más pesada y empiezo a sentir deseos de librarme de ella. Sobre todo porque con lo que está pasando es una insensatez dedicarse a futilidades inútiles. Incluso me digo que debería darme vergüenza.

Sin embargo, no me dejo engañar por la desidia y el malestar de los confinamientos. Si lo hiciera, entonces, ¿a qué dedicaría las horas? Si esto no me cunde, ¿hay otro campo en el que ser más eficiente? ¿Existe alguna otra actividad que eche de menos y no hago por culpa de la escritura? Preparar vídeos con presentaciones didácticas, me digo a mí misma. O pintar al óleo. O coser. Ya. ¿Seguro? ¿Y por qué ni siquiera lo intento?, ¿en qué se me van las mañanas?, ¿y las tardes?

Es lo más llamativo de estas últimas jornadas, que cuanto menos hago, menos me apetece. ¿De verdad? Reviso lo que hice el día de ayer para comprobarlo:

  • Leer el periódico
  • Escribir y mantener las bitácoras
  • Continuar la novela
  • Domesticidades varias
  • Ver unos episodios con mi marido y compañero de encierro
  • Charlar con él
  • Redes sociales, vídeos, contacto con otros
  • Más domesticidades

Y compruebo que tampoco es que haya estado mano sobre mano. Puede que ya no sea tan eficaz, pero tampoco es cosa de prohibirme a mí misma todo divertimento. Creo que las horas productivas van menguando porque el encierro embrutece. Me temo que nuestra tendencia a entretenernos es instintiva, que sirve para olvidar lo que pasa y está ahí, a punto de aterrorizarnos.

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